Entrevista a Jorge Robledo autor libro Crónica de Haití

Los invito a ver esta entrevista en la que Jorge narra su experiencia en Haití y como estos textos se transformaron en este lindísimo libro.

Haití: Mágica, Misteriosa y Encantadora

Te invito a ver este video del libro Crónica de Haití – Post terremoto en el siguiente link: http://www.youtube.com/watch?v=YHZXGfCDQ60

Si ya lo has leído y te agradó te pido que recomiendes su lectura ya sea sugiriendo su compra o prestándolo o compartiendo este mensaje.

Decimos "presente" en Córdoba...

"La Feria del Libro Córdoba 2012, se desarrollará desde el 6 al 26 de septiembre en la ciudad de Córdoba, bajo el lema "La Literatura al Centro". 
 Tiende a reafirmar la puesta en valor de las editoriales y autores locales, además de la jerarquización de las actividades literarias, precisaron desde la organización.
 La programación del evento, dado a conocer por los miembros de la comisión organizadora, convoca a más de 100 figuras destacadas locales y nacionales están invitadas, entre ellas Cristina Bajo, Graciela Bialet, Reyna Carranza, Lilia Lardone, Viviana Rivero, Mabel Pagano, Tomás Abraham, Osvaldo Bayer, Chanti, Jorge Lanata, Pacho O'Donnell, Ceferino Reato y Hebe Uhart, entre otros. 

 En esta nueva Feria del Libro funcionarán espacios temáticos como el de Poesía; Literatura y Política; Feria de las Escuelas; Diálogo entre Generaciones; Literatura y Cine; y Homenajes (dedicados a Vicente Luy y Oscar Roqué Farzón). Entre otras actividades se desarrollará el XIII Festival Internacional de Cuentacuentos, Premio Leopoldo Lugones, Premio Los Niños del Mercosur y Los Jóvenes del Mercosur, una clínica de dibujantes cordobeses.
De la organización participan el Gobierno de la provincia, el municipio de la capital cordobesa, la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y representantes editorialistas, entre otras instituciones vinculadas a la literatura..."


La actividad del titular de este blog, presentando su "CRÓNICA DE HAITÍ", quedó programada para las 16:30 hs del día 15 de septiembre del corriente...


¡¡DEMÁS ESTÁ DECIR QUE SERÁ UN ORGULLO Y UN HONOR PODER ESTAR PRESENTE EN ESTE EVENTO!!

¿Donde se puede adquirir el libro?

 Puntos de venta 

En Córdoba (Capital)
  •  Maidana Libros – Dean Funes y Velez Sarsfield 
  •  Hiper Libertad Poeta Lugones 

 En Capital Federal
  •  Librería Santa Fe - Santa Fe 2350 

 En Jovita
  • Kiosco Flowers  
  • Kiosco Gregorio 
  • Aire Nuevo 
  • Farmacia Robledo

 En Mattaldi
  • Casa Beltramo  
  • Los Sirio Libaneses 
  • Farmacia Quinteros 
  • Flavia Daniele

 En Serrano
  • Librería “A Libro Abierto”  
  • Farmacia Scarponi 
  • Farmacia Angiolini 
  • Liliana Martini 

 En Melo
  • Librería Acuario 
  • Librería Lo de Anita 
  • Agencia 114 
  • Biblioteca JUAN FILLOY 

En Laboulaye
  • Librería Macondo 
  • Librería Galilea 
  • Farmacia Italiana 

Compra on line: Tinta Libre Ediciones http://www.tintalibre.com.ar/ Primero hay que Iniciar sesión, luego hay que llenar el formulario de registro para luego poder efectuar la operación de pedido y compra.

  • En breve se indicarán más facilidades de acceso, especialmente para la mayor parte de la provincia de Córdoba
  • Edición digital (gratuita) 
  • Estará disponible a la mayor brevedad (antes de fines de Agosto de 2012) 
 Ante cualquier duda escribime a jorge.a.robledo@gmail.com

Prológo del libro... pintando lo que luego se puede disfrutar...

"Ciertas experiencias personales constituyen una ardua representación de todo lo que requiere enlazarse para erigir una autoría original en el trazado cotidiano de la vida.
Esto parece desentrañarse en las siguientes páginas peregrinadas más allá de la pluma por Jorge Robledo, quien, como casco azul de la XII misión Argentina-Haití 2010, ha recolectado materia prima suficiente para exteriorizar, desde una realidad isleña catastrófica y escindida, el valor anidado en el compromiso humanitario.
La tarea, por otra parte, simboliza una capacidad imprescindible en estos tiempos, más aún para un país devastado, primero política, económica y socialmente, y luego hundido por un infausto desastre natural.
 Sin embargo, Haití retribuye a quienes desembarcaron en su ayuda y socorro, develándole los sentidos profundos de la solidaridad en juego y la voluntad perseverante en memoria de los que ya no están y para fortaleza de los que quedaron.
De este modo, en cada uno de los siguientes capítulos se despliega una invitación a contemplar los cuadros que la actual vida haitiana proyecta en todos aquellos dispuestos a aprender de los pesares ajenos.
 Pese a la heterogénea cultura haitiana, en las diversas líneas de este libro, Jorge Robledo se empeña en desmenuzar los contrastes que esta parte de la isla le ofreció en cada kilómetro recorrido.
Por ello, este voluntario nos traslada naturalmente de las playas caribeñas a las precarias construcciones y pétreas ruinas, de la desnutrición crónica a la potente fuerza de las pequeñas, jóvenes y viejas sonrisas haitianas, de la violencia y el desasosiego cotidiano al esfuerzo por confiar en que los mangos de esas tierras siempre encuentren un alma a quien endulzar y una herencia de luchas que nutrir.
 Por lo expuesto, este país probablemente requiera de una plétora sin precedentes para su reconstrucción, proceso este último que, quizás, simbolice la apertura de una nueva coyuntura temporal en el entramado universo de las relaciones humanas.
 Mientras tanto, la órbita comprendida en “Crónica de Haití- post terremoto” representa la riqueza de una huella biográfica forjada al calor de la fe constante en un mundo menos inhóspito.
Tal vez, el sismo haitiano reorientó a muchos, entonces no ha de ser extraño que al finalizar el recorrido de estas páginas, surta efecto alguna transformación."

                                                           Flavia Daniele.

Invitación especial... presentación del libro en Jovita...

Imágenes integradas 1
Afiche con el que se promocionó la presentación del libro
Crónicas de HAITÍ
Post-terremoto
Este material fue presentado en Jovita el día 23 de junio del corriente año.

(Pronto publicaremos imágenes de ese evento)

Sumando satisfacciones...

A la enriquecedora experiencia vivida en Haití por el autor de este blog se suma este logro:
El libro CRÓNICA DE HAITÍ 
Post-terremoto

"...Esta obra compuesta por treinta y cuatro capítulos que describen su experiencia personal y profesional en esta nación de Jorge Robledo.
 A través de este trabajo el autor pretende introducir al lector en algunos aspectos geográficos e históricos de Haití, además de brindar detalles sobre la presencia de Naciones Unidas en el país y sobre su trabajo como farmacéutico en el Hospital Argentino.
 Así mismo narra su experiencia como colaborador de una ONG de Puerto Rico, diversas acciones en orfanatos, entre otras, que han dejado una profunda huella en él.
 Luego de tomar contacto con esa realidad, Robledo exhorta a la población a intensificar las acciones solidarias ya presentes y generar nuevas, sostenidas en el potencial humano y económico de la región, para que Haití pueda consolidarse al fin como una imperiosa “meca de la solidaridad”..."

Haití, mágica, misteriosa y encantadora

Para todos aquellos que piensan que un mundo mejor es posible
(El presente texto es un ensayo escrito para las IV Jornadas Internacionales de Humanismo Económico por lo que puede presentar algunas redundancias con el resto del contenido de este blog)


Prólogo

El concepto de Humanismo Económico y aún la existencia de estos términos aunados me eran hasta hace poco tiempo totalmente desconocidos. A punto tal de que esa conjunción de palabras me sonaba tan incongruente como si alguien se me expresara en cuanto a sus creencias que era un católico ateo. Todo ello quizá provenga de mi apatía con respecto a los temas económicos, unido a mi ignorancia y no sin cierta aversión, producto del áurea de inhumanidad que flota en torno a lo que se da en llamar economía de mercado. Pero bueno, bienvenido sea el que haya llegado a mi conocimiento la existencia del Humanismo Económico que bien podría llamarse también Economicismo “humánico”, aunque tan solo sería una cuestión semántica que nos alejaría del principal punto en cuestión, cual es el de situar al ser humano en el centro de toda esta cuestión.
Quizás sea aconsejable una breve recopilación histórica de las actividades que hacen que esté escribiendo para un foro económico cuando manifesté previa y sutilmente y casi a viva voz: “Yo de economía no sé nada”.

Un poco de historia y algo más...

A principios de siglo, más precisamente en 2001, estuve un mes en la Universidad de California, Davis, con una beca docente, lo cual constituyó una experiencia muy interesante.
A fines de 2009 recibo una propuesta muy particular: la de ser “Casco Azul” para las Naciones Unidas en Haití por un período de seis meses. Uno de los razonamientos más fuertes que motivaron la decisión posterior fue que en 2001 había conocido el modus vivendi de uno de los mejores lugares del mundo, en cuanto al nivel de vida económico, y ahora tenía la oportunidad de conocer uno de los peores. El análisis de ambas permitiría formar un criterio filosófico-antropológico basado en el conocimiento “in situ”. Bajo la figura legal de civil contratado por la Fuerza Aérea Argentina y destinado a cubrir, en calidad de farmacéutico, el cargo de jefe de Farmacia del Hospital Militar Argentino sito en Puerto Príncipe, estaba recibiendo algunos cursos en Campo de Mayo a principios de 2010 para una partida prevista para Febrero, cuando ocurrió la más grande tragedia humana en cuanto a cantidad de víctimas como lo fue el terremoto que asoló a Haití el 12 de febrero de ese año 2010.
Las características del suceso implicaron un cambio en los planes haciendo que el 24 de enero estuviera pisando suelo haitiano, con una mezcla de excitación, ansiedad, consternación y con una lógica cuota de temor.
Luego de estar medio año por esas tierras regresé a la Argentina desencantado con la Humanidad pero también transformado en un ser humano diferente, con una actitud ante la vida y una mirada hacia el prójimo que superaban los valores previos a tal experiencia.



Haití es una de las mejores muestras del antihumanismo económico, de la explotación humana o mejor dicho, de la barbarie humana. Haití fue usada, devastada, luego abandonada y hoy casi ignorada. Fue, luego de Estados Unidos, la segunda nación americana que se independizó y la primera nación negra del mundo que ostentaba tal condición fue precisamente Haití.
Para la sociedad de esa época constituyó una insolencia sin límites, algo que nunca le fue perdonado, ni siquiera hasta hoy.


Haití fue un pueblo de esclavos, que aun habiendo logrado su independencia, continuaron y de alguna manera continúan viviendo bajo ese sistema.


Haití, para un sector no menor de la humanidad es un pueblo de negros, con todo lo que ello puede implicar para el racismo subyacente en muchas personas. Pero esa es una condición que el pueblo haitiano exhibe con un orgullo tal que los llevó a poner en su primera constitución de 1805: “Los haitianos serán conocidos de ahora en más por su condición genérica de Negros”.



    “Gente de poco tener y mucho sentir” escuché decir o lo leí por algún lado haciendo referencia al pueblo haitiano. Y tienen además la particularidad de contagiar los sentimientos, especialmente el del amor. Dos aspectos de la experiencia en Haití anegaron mi espíritu de este sentimiento; uno lo constituye la historia de un niño haitiano llamado Kenley, que fue huérfano temporario por once días: su relato no viene al caso; además se puede encontrar en el último escrito del blog citado anteriormente.
    El otro es el mejor regalo plagado de humanidad que haya traído en las alforjas y que también es parte de estas jornadas CIEC 2011: Rolande Celestin y Osvaldo Fernández. Al poco de llegar a Puerto Príncipe uno de los asistentes de la farmacia me contó, en un relato un tanto vago y ligero, que en la ciudad había un orfanato dirigido por alguien de nacionalidad argentina y a quien apodaban el “Gendarme”, en explícita alusión a su actividad laboral previa en la Argentina. Algunos detalles sobre su tarea y su persona hicieron que intentara un contacto que logré rápidamente. La primera impresión que tuve fue que estaba en presencia de una persona muy poco común, y su extravagancia radicaba en un particular sentido de bondad de dimensiones poco habituales.


    El segundo paso consistió en hacer una visita al orfanato.
    Habitualmente, cuando los sentidos recogen algún estímulo importante como ser una música particular, alguna belleza de la naturaleza, algún monumento magnificente, le trasmite algún mensaje a mi cuerpo que me hace poner “la piel de gallina”. Esto es lo que me sucede al recordar mi debut en el orfanato que describo más exhaustivamente en el blog.
    Fue algo impactante en muchos aspectos, la tremenda dosis de afecto que emitían y requerían esos pequeñuelos de tez oscura es muy difícil de describir, el intenso calor ambiental se correlacionaba totalmente con el humano. Y en medio de este escenario se presenta la segunda gran estrella de este documental, Rolande Celestin, una haitiana que proviene de una familia de clase media alta y que dedica su tiempo y ha dedicado una buena parte de sus bienes materiales a la excelsa tarea de brindar alimento, salud, hogar y quizás un futuro a un grupo de niños haitianos, en su orfanato Rose Mine de Diegue.
    Un detalle para nada menor y que puede brindar una idea acabada de la magnitud de las voluntades de estos dos personajes es que el orfanato funciona ¡en su propia casa! Imaginémonos cualquiera de nosotros intentando la crianza de veinte niños en nuestro hogar, las dificultades que deberíamos atravesar ¡en la Argentina! Bueno, ahora hagamos la composición de lugar multipliquemos por 4 o por 5 ese número, ya que son entre 80 y 100 niños los que atienden ellos, y trasladémonos a Haití, como se sabe, uno de los países más pobres del mundo.
    Resulta pues que la tarea que realizan estas personas es casi titánica: muchas veces viven un día a día, que cuentan con algunos apoyos logrados en base a mucho sacrificio, a mucho trabajo, a muchas peticiones, pero con el cruel condicionante de la impredecibilidad o de la continuidad… De la inseguridad de saber si al día siguiente van a poder alimentar a esos niños a quienes ellos consideran sus hijos a punto tal que una buena cantidad llevan el apellido Celestin y otros el de Fernández. Cualquiera que haya recibido algún correo electrónico de Osvaldo habrá podido observar que su despedida habitual es “Saludos desde Haití de la gran familia Fernández”.
    Si he logrado transmitir aunque sea parcialmente la esencia de este encantador testimonio de humanidad, a esta altura del relato y tal como me sucedió a mí, el corazón de varios de los lectores debe estar en un estado que oscila entre la blandura y la flaccidez.
    Ese contacto inicial y los sucesivos tanto en Haití como posteriormente en la Argentina me permitieron darme una idea acabada del talante de estos maravillosos seres humanos, Rolande y Osvaldo, y desde ese momento he ocupado una parte de mi tiempo en conseguir ayuda para ellos, y en persuadir a otras personas a que hagan lo propio.
    El Plan Esperanza curiosa, o no tan curiosamente, lleva el nombre de una de las virtudes teologales, su concreción dada las características que mueven hoy en día al ser humano parecería que es una cuestión de fe (otra virtud) y amén de de las reformas que pueda proponer el Plan Esperanza creo que deberíamos remitirnos inmediatamente a la faltante, la caridad. Aunque preferiría hablar de solidaridad que se define como la consideración del conjunto de aspectos que unen a las personas y la colaboración y ayuda mutua que ese conjunto de relaciones promueve y alienta. Y esto trasunta un concepto que tiene una inherencia totalmente relacionada con el ser humano.


    Cierre


    El Plan Esperanza es una excelente idea que se puede concretar, con una gran cuota de trabajo, en algún futuro que roguemos que sea el más cercano posible. Concomitantemente deberíamos darle rienda suelta inmediatamente a todos aquellas acciones solidarias que estén a nuestro alcance y un lugar donde esta necesidad es casi extrema es el de Rolande y Osvaldo, al que vengo haciendo referencia desde el principio.
    Haití es una paradisíaca isla, que tenía el triste privilegio de ser el más pobre de los hermanos países americanos, con un nivel de pobreza y miseria inimaginables. Luego de ello sufrió la tragedia más grande de la humanidad, en unos pocos segundos tuvo 250.000 muertos, 400.000 heridos de leves a graves, y más de 1.000.000 de personas sin hogar. Posteriormente sufrió el embate de un huracán y desde Noviembre de 2010 hasta la actualidad se halla afectada por una epidemia de cólera.
    Y en medio de tanta desesperanza, emergen algunos que se resisten casi brutalmente a las adversidades del destino, algunos que hacen del concepto de amor al prójimo el motivo fundamental de su existencia, algunos que nos demuestran con su vivo ejemplo que los seres humanos podemos y debemos ser además de animales, superiores. ¡¡Gracias Rolande y Osvaldo por enseñarnos tanto!!

    Kenley

    Para todos los niños del mundo en su día (08-08-2010)

    Kenley es el nombre de un niño haitiano, de apellido Silis, que vive en Puerto Príncipe, en el populoso barrio de Nazon, su casa está cerca de una de sus calles más importantes, la Rue Acacia. El 12 de enero de 2010 a eso de las 4 de la tarde su madre lo envió a la casa de su abuela, distante unos pocos metros de la suya. Con la inquietud que caracteriza a un niño de 6 años, Kenley salió disparado a cumplir el cometido, al llegar llama a los gritos a su abuela, le hace unos mimos, juguetea un rato, sale para el patio, corre a las gallinas y ya un poco más calmo, se pone a jugar con unas piedritas. A las 4.47 empieza a sentir algo raro, la tierra se mueve, mucho, tiene miedo, no entiende lo que está pasando. “¡Abuela!”, grita. La abuela responde “¡Kelito, no te muevas de ahí!” Kenley cada vez tiene más miedo, se quiere parar y se cae, se siente mareado, de pronto siente un golpe en la cara y en la mano y luego nada más. En algún momento y de alguna manera llega hasta la vereda y queda allí semiinconsciente y dolorido, sangrante, turbado, viendo con un solo ojo y sin comprender demasiado qué había pasado y qué estaba pasando ahora, escucha gritos, llantos, gente que corre desesperada, sirenas, bocinas, mucho pánico. Temblando de miedo sólo atina a acurrucarse contra una pared de la que quedaba sólo una parte en pie. Tras algún tiempo siente unos brazos que lo levantan, no alcanza a distinguir si es una persona conocida o no, tan sólo se deja llevar, sabe que no está bien, ya está un poco oscuro. Kenley no opone resistencia, está herido y necesita que alguien se ocupe de ello, los brazos que lo sostienen transmiten esa sensación de protección tan necesaria en momentos angustiosos y se entrega dócilmente a ellos tratando de olvidarse del dolor de sus heridas.

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    Puerto Príncipe, la ciudad capital de Haití había sido afectada por un fortísimo terremoto.
    No fue el epicentro, pero la magnitud del fenómeno fue lo suficientemente grande como para derribar una considerable cantidad de edificios y casas, entre ellos algunos sumamente importantes como el palacio de gobierno, el cuartel general de la Minustah (Misión de la ONU en Haití) y el Hotel Montana, el mejor de la ciudad y residencia de funcionarios destacados. Al desastre natural se sumaba entonces que el sistema de poder había quedado desmembrado, lo cual, en situaciones de esta naturaleza hace sumamente difícil la adecuada y necesaria toma de medidas para reaccionar ante esta contingencia.
    A las 18 horas oscurecía y la de por sí escasa luz artificial se había anulado totalmente. Uno de los pocos lugares de Puerto Príncipe que había quedado iluminado era el Hospital Militar Reubicable de la Fuerza Aérea Argentina convirtiéndose así en la única entidad que podía brindar asistencia en salud para una ciudad de dos millones de habitantes golpeada brutalmente por la naturaleza.
    El hospital había resultado afectado, no en su estructura edilicia, sino por la caída de gran parte de su mobiliario, pero la actitud decidida de sus integrantes había hecho que en poco tiempo quedara nuevamente funcional. La gente se agolpaba en el portón de entrada en un triste espectáculo pidiendo auxilio para sí o para sus parientes o para sus amigos que llegaban, muchos de ellos, con lesiones muy serias. El personal de seguridad del hospital, con una lógica necesaria, regulaba la entrada de heridos en base a la disponibilidad de espacios y personal para su atención.

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    En medio de este casi brutal clima de tensión y forcejeos, porque la desesperación en estos casos hace actuar quién sabe de qué manera, un policía -algunos dicen que era nigeriano, otros que era español-, sostenía en sus brazos a Kenley, esperando el momento propicio. Gracias a su investidura, a su habilidad para manejarse en tumultos y a su fortaleza física logró acercarse hasta la puerta de entrada y en una de esas esporádicas aperturas, bajó al niño de sus brazos, lo empujó y lo alentó con un “¡Go, go!”. Y Kenley salió trastabillando, se cayó, se volvió a levantar, vio cerca de él la figura de un médico y su instinto de supervivencia lo hizo aferrarse fuertemente a las piernas de éste; ya estaba adentro. Presentaba importantes lesiones en la parte superior de su ojo derecho extendida hasta la parte media de su frente y en la parte inferior hasta la altura de su boca. Su cara era una masa sanguinolenta que producía impresión en el neófito y lástima en el entendido. También tenía lesiones de diversa magnitud en su mano derecha. Por tratarse de un niño y por el tipo de lesiones que presentaba fue atendido prontamente y por especialistas para cada una de las áreas afectadas. Requirió, por lógica, la correspondiente internación; a su lado había otra niñita haitiana que estaba acompañada por su padre.

    Decenas, centenas o quizás miles de padres vagaban por Puerto Príncipe buscando a sus hijos y viceversa. Muchos individuos pertenecientes a Naciones Unidas o a Organizaciones No Gubernamentales que prontamente desembarcaron en Haití colaboraban en este aspecto.

    Kenley era un huérfano más, circunstancial, quizás temporario, era imposible determinar si se trataba de un huérfano real o de padres no ubicables.

    Permaneció internado, evolucionando favorablemente, el tratamiento de las heridas de la cara iba produciendo mejoras notables, una cirugía en la mano realizada por el traumatólogo Gonzalo Teijeiro la dejó casi con plenitud funcional. El personal del hospital, tanto del equipo de salud como muchos del área logística, pasaban a verlo de manera constante y a veces sin excusas válidas, por el sólo hecho de estar cerca, ya sea para acompañar o para sentirse acompañado por este pequeñuelo que estaba dejando improntas en el corazón de muchos. El idioma era una barrera que se transponía con ayuda de los traductores; el personal, luego de seis meses de estancia en el lugar, tenía algunos rudimentos de la lengua sumado a la típica comunicación por señas que se produce entre personas que hablan idiomas diferentes.

    Cuatro días después del terremoto entró al hospital Marina, la bioquímica. Venía cansada físicamente y sicológicamente agotada por todo lo que representó el terremoto. Una parte del personal estaba mal por lo ocurrido, por el trabajo y porque el regreso a Argentina que estaba previsto para fin de enero parecía que se postergaba por dos meses más. Eso configuraba un ambiente muy denso que producía un desgaste adicional. Con ese estado de ánimo Marina llegó a la cama de Kenley, éste la miró, levantó una mano en señal de saludo y movió los únicos tres dedos que podía movilizar de ese miembro, además largó toda la sonrisa de que era capaz a través de los esparadrapos que le cubrían una buena parte de su cara. Marina sonrió débilmente, retrocedió y salió corriendo hacia su habitación donde se puso a llorar durante largo tiempo y a pesar de que el llanto puede ser en ocasiones malo para el corazón, en esta oportunidad sucedió todo lo contrario pues fue liberador y energizante, ya que le insufló de una nueva vitalidad. La simpleza del alma de ese niño que a pesar de su estado, de estar en un medio en el que no podía hacerse entender y tampoco comprendía lo que le decían, tuvo la grandeza de expresar su amor con un gesto tan simple como un saludo. A pesar de la situación en que se encontraba, hallaba la manera de levantar el ánimo de los que le rodeaban.

    Al quinto día una cantidad de agua superior a la habitual empezó a inundar la conjuntiva de los ojos de Kenley, esta cantidad fue creciendo hasta transformarse en una gota, de esas que reciben el nombre de lágrima, luego otra y otra, más tarde un quejido débil y más tarde aún un llanto sostenido. La sensación de sentirse a salvo, el estar contenido en cierta manera, la buena alimentación y la evidente mejora de su salud, no fueron elementos suficientes para paliar una ausencia física y sentimental tremendamente necesaria: la materna.

    Los miembros del equipo de salud son plenamente conscientes de que para el proceso de curación no sólo es necesario una serie de acciones físicas sino también sicológicas que el profesional debe llevar a cabo para estimular al paciente, así que, ante la circunstancias que se presentaban en Kenley, por ese síndrome de ausencia, empezaron a desplegar todo un arsenal sicoterapéutico que consistía lisa y llanamente en representar el papel de padres sustitutos en todo su potencial.

    Puerto Príncipe todavía estaba conmocionada por lo ocurrido, la tarea de búsqueda de sobrevivientes se desarrollaba a pleno, los heridos estaban curando, los que quedaron vivos estaban con un stress postraumático muy importante, los comercios que habían quedado ilesos estaban reabriendo paulatinamente sus puertas, el hedor y la pestilencia que emanaban de los cuerpos que se estaban recogiendo o que habían quedado sepultados era por momentos insoportable.

    La terapia con suero y antibióticos de Kenley estaba casi totalmente cumplimentada y las circunstancias hacían que fuera imposible conseguir insumos materiales así que la primera consigna era sacarlo del hospital. La imaginación se fue agudizando entre varios de los miembros de la misión Haití XI. Con pantalones y casacas del personal de salud se le confeccionaron improvisadas vestimentas, alguien tenía unas pantuflas que había traído de alguna de sus licencias, las recortó adecuadamente y el mocoso, ya recuperado, correteaba plafplafeando en sus desplazamientos.

    También se le regaló un autito a control remoto que por momentos trataba con cierta torpeza, hecho un tanto habitual en niños de su edad que de acuerdo a la información que él proporcionara era de seis años. Regalos comprados para ser llevados a Argentina destinados a los hijos o nietos de los miembros del contingente pasaron a manos de Kenley. La sala de médicos por momentos se transformaba en un potrero en el que la puerta de entrada a la sala de terapia intensiva hacía las veces de arco.

    El hospital había cambiado en algunos aspectos por su presencia, muchos de los sesenta integrantes del mismo estaban bobalicones por el deambular de Kenley. Corría para todos lados, se sentaba cerca de alguien, intercambiaba sonrisas, alguna caricia. Su permanencia era fugaz, de repente estaba sentado o a upa de algún otro. Muchos se encariñaron terriblemente con él durante su estancia.

    Mientras se le practicaban las intervenciones y curaciones permanecía hidalgo y estoico sin haber derramado nunca una lágrima y levantando su cabecita para tratar de avistar lo que le estaban haciendo. Curiosa, o no tan curiosamente, esas lágrimas y llantos fluían raudamente cuando se lo llevaba debajo de la ducha para el habitual baño.

    Mientras tanto los padres no aparecían, podrían haber muerto en el terremoto. La presencia de un niño en ese entorno, si bien era agradable, se estaba transformando en un problema. Ana, una sicóloga portuguesa que trabaja para Naciones Unidas, le tomó una foto, imprimió varias copias y, tal como hizo con muchos otros niños, éstas fueron distribuidas en diferentes puntos de la ciudad.

    El 23 de enero, a once días del terremoto, Kenley tenía un estado de salud bueno, estaba restablecido y hacía ya algunos días que podría haber sido dado de alta. Entonces apareció una mujer de unos cuarenta años, menuda, bastante bonita, que decía ser la madre. La tarea siguiente consistía en determinar la veracidad de esta afirmación. Kenley Silis no tenía documentación, la madre tampoco, hecho bastante habitual en este país. Había que tomar precauciones, pues el comercio de niños es un hecho muy frecuente en Haití, y las características sociales y políticas posteriores a un terremoto, magnificadas por tratarse de un país como éste, constituyen un ámbito propicio para apropiarse de ellos. El encuentro de la madre con el hijo fue poco efusivo, como distante, o así lo pareció, no se produjo la tierna escena de abrazos y de lágrimas que uno espera, solamente una mirada intensa y muy prolongada entre ambos en la que el lenguaje del silencio era de una verborragia impresionante para el que supiera escucharlo. Luego la madre se aleja para ir a dialogar con el jefe de la misión y allí sale Kenley disparado detrás de ella, se aferra a su mano y a su antebrazo para no soltarla más. No quedaban dudas: era su madre.

    Por alguna razón que se desconoce, la mujer no tenía mayor interés en llevarse consigo al niño, tal vez con la esperanza de que si él se quedaba en el hospital su vida podría ser más feliz, se rumoreaba que ella había perdido otros dos en el terremoto. Luego de algunos cabildeos ella termina llevándose a su hijo mientras que se le aseguraba el control médico en días posteriores.

    Bajo el sol del mediodía del Caribe, una veintena de personas derraman sus lágrimas y levantan sus manos saludando a un Kenley que se aleja con una sonrisa y un pulgar levantado.

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    Al día siguiente llegó Jorge, el nuevo farmacéutico, a formar parte del equipo de salud con ocho integrantes más. Junto a Gonzalo, el traumatólogo que había venido unos días antes y que operó la mano de Kenley, constituían el personal de "refresco" de la misión. Las historias que se escuchan de los que quedan del Haití XI son muchas, muy variadas, ricas, interesantes, pero hay una que se destaca, por la forma en que es contada, por su emotividad, por su sensitividad o vaya saber por qué razón: la de Kenley.

    Pasa el tiempo, dos o tres meses y Kenley no regresa al hospital. Preguntas como: “¿qué será de la vida de este muchachito?”, “¿se habrá curado bien?”, “¿estará con sus padres?”, y hasta la de “¿vivirá?”, no tenían respuesta, Kenley en cierta manera había desaparecido.

    Jorge comenzó entonces una búsqueda persistente, sistemática y tenaz, hablando con todos aquellos que habían llegado a tener contacto con el niño o con la madre. Cuando todo hacía parecer que la búsqueda sería infructuosa, en un diálogo con Cristo, uno de los traductores que trabajan en el hospital, recabó la información de que uno de los choferes de la misión anterior, el flaco Ariza, lo había llevado hasta su casa. El flaco es todo un personaje, tiene tres o cuatro misiones Haití en sus espaldas, conoce Puerto Príncipe como la palma de su mano. Consultado en tal aspecto, remitió al toque una descripción verbal y un mapa de Google Maps, en el que marcaba el camino con una increíble exactitud aparente.

    Transcurre el último mes de la misión, así que no queda mucho tiempo para intentar el hallazgo. Jorge y Gonzalo consiguen el permiso de un vehículo para el intento. Tras una prolija búsqueda en Google Maps y con un mapa físico en mano, el sábado 10 de julio a las tres de la tarde parten con el chofer y Maxon, otro de los traductores que además es un tipazo.

    La llegada es bastante rápida, unos 20 minutos, es un barrio sumamente caótico, sus calles, como la mayoría de las calles de Puerto Príncipe, son sinuosas, con subidas y bajadas, y muy angostas, pasan dos autos casi rozándose. Ésta fue una de las zonas más afectadas por el terremoto. Intentan ingresar por una de las vías estudiadas, a poco de andar se encuentran con que estaba parcialmente obstruida por los escombros. Caminan un poco, mientras tanto preguntan a todos, Maxon en creole, los demás en inglés, a veces en español. Los minutos pasan, se hace tarde y pronto empezará a oscurecer, pero la convicción del encuentro no da lugar a la duda en los aventureros. Se suben de nuevo al vehículo e intentan el abordaje desde otro lado, llegan a un punto en que tampoco se puede avanzar porque la calle era muy angosta y empinada, así que continúan a pie haciendo lo mismo, preguntar y preguntar, hasta que encuentran a una morena haitiana cuya masa grasa es directamente proporcional a su simpatía y si bien no era demasiado linda se transforma en hermosa al expresar que ¡conoce a Kenley!, le piden que los conduzca hasta él. La mujer empieza a hacerlo pero un hombre con el que habían hablado previamente la detiene, quiere asegurarse de para qué lo buscan, pues sospechaba y con lógica. Maxon le explica en creole que eran médicos del hospital argentino que habían conocido a Kenley cuando estuvo internado y querían ver como estaba, así que continúan, casi dando saltitos de contentos por la proximidad del encuentro, la casa está en una subida. Gonzalo avanza, sube unos peldaños y se encuentra con Kemley, lo abraza. Jorge estaba exultante, tratando de sacar fotos apuntaba y disparaba con prisa y emoción, luego pasa la cámara a Maxon y abraza al pendejo, a Gonzalo no se le caían las lágrimas, lloraba directamente, Jorge también lagrimeaba bastante, Kemley estaba bárbaro, las cicatrices apenas se le notan y la manito está perfecta, les presentan a la madre, bastante linda y joven, le explican todo y ella cuenta que hace unos días Kenley le había dicho que quería ir al hospital porque “tenía amigos allá”. En un momento el pibe se asustó un poco, no debía entender muy bien por qué lo abrazaban y besaban tanto, a Gonzalo parece haberlo reconocido, él le había arreglado la manito, a Jorge no lo conocía, a Maxon quizás no lo recordaba, así que se fue, se escondió, y subió para su casa; su nueva casa, que consistía en una especie de carpa construida en el techo de una vivienda vecina a su casa original ahora reducida a un montón de escombros, también subió su madre que lo cambió, le puso unos pantalones y una camiseta como la de algún equipo de basket. Le habían llevado algunos obsequios pero había que ir hasta donde estaba el vehículo, así que se fueron calle abajo todos contentos, a la madre se la veía muy feliz, la gorda que los había llevado hasta la casa seguía formando parte de la comitiva. Al llegar al vehículo Gonzalo le da una camiseta de Argentina, también le habían llevado algo de ropa, un juguete, unas golosinas y una caja grande con alimentos no perecederos que obtuvieron del hospital. Kemley pedía yogurt, alimento éste que había conocido durante su internación y cuyo sabor dulce lo fascinaba.



    Le preguntaron a la madre si lo podía llevar algún día al hospital, respondió que sí inmediatamente y acordaron para el lunes al mediodía, para que fuera a almorzar. Le dejaron dinero para el transporte y se despidieron. Un regreso festivo, un objetivo altamente emocional logrado. Ya en el hospital, Gonzalo y Jorge se funden en un gran abrazo y lloran juntos de felicidad.

    El lunes 12 de julio a eso de las 13:45 cuando ya parecía que la cita no se cumplía apareció el pendejo con su madre, bien vestido, súper limpio, tal como se caracteriza gran parte del pueblo haitiano, aún dentro de su pobreza y su humildad tienen una indumentaria siempre bien conservada y muy, pero muy pulcra. Se sentó a comer, por supuesto que su comida preferida: el yogurt. Los flashes de las cámara se disparaban por doquier, a cada rato se requería la presencia de uno de los asistentes de cocina haitiano, Felow, para que oficiara de traductor porque sólo hablan creole, así que de a poco se fue conociendo que son cuatro hermanos, Kenley es el menor, las otras 3 son mujeres, la más grande de 18 años, las mujeres son de un padre, Kenley de otro, el padre no está con ellos, no sé entendió bien dónde está, parece ser que luego del terremoto se fue a vivir a otro lado. El jueves 15 Kenley cumple 7 años, así que se le propone hacer la fiestita, se le dice a la madre que venga con sus hijas. No tienen teléfono. Uno de los médicos tiene uno que no usa, así que le compran un chip y una tarjeta y se lo regalan, así se puede mantener un contacto en el futuro. El niño en un momento salió afuera y se fue derecho a uno de los dormitorios, era el que habitaba antes uno de los médicos que lo había atendido, pero él ya no estaba, se había ido con la otra misión. La madre comentó que había tenido que abandonar el colegio porque no tenía dinero. Luego de comer hacen una recorrida por dentro del hospital pasando por la cama que había ocupado. Cuando llegó el momento de retirarse Kenley se empacó, no quería irse, la madre se lo tuvo que llevar a la rastra y llorando, quizás era una manera de demostrar el bienestar logrado en el hospital o el sentido de pertenencia que con esta entidad había cosechado. Por una de esas coincidencias cronológicas y de una manera en absoluto no premeditada Kenley había regresado al hospital que le aseguró la continuidad de su vida, en ese 12 de Julio, exactamente seis meses después del terremoto, cuando las cadenas de noticias de todo el mundo nuevamente volvían a recordar a este olvidado país.

    El jueves 15 alrededor de las 16 horas regresa al hospital Kenley vestido con prolijísimo pantalón negro, impecable camisa blanca y zapatos radiantes por el lustre, radiación que quedaba opacada por la de su piel, sus ojos y su sonrisa. Vino acompañado de su madre, dos de sus hermanas y un tío que balbuceaba algo de español. La fiestita transcurrió entre sonrisas, gestos, y señas de buena voluntad debido a la barrera idiomática, que nuevamente era salvada por momentos por los traductores que se acercaban al comedor, lugar elegido para el evento, y permitían que, a través de su interlocución, se generaran algunos diálogos.



    Una fiesta de cumpleaños clásica, con una torta preparada por los cocineros, algo que hacía las veces de vela, el cántico, los regalos y Kenley, que a esta altura de los acontecimientos cometía un homicidio no culposo sobre su sexto pote de yogurt, configuraban ese entorno mágico propio de la mayoría de las fiestas conmemorativas de natalicios.

    No sin cierta tristeza llega el momento de la despedida, la mayoría de los presentes, ese círculo humano de idolatradores de Kenley, tienen la casi segura sensación de que es la última vez que verán a este niño en su vida, y disfrutan de la marca que él ha dejado en sus espíritus. Se aleja acarreando con sus manos y brazos unos cuantos juguetes, los bolsillos llenos de golosinas y la promesa de alguien que se va a hacer cargo del costo de sus estudios, aunque eso tenga para él demasiada poca importancia en comparación con los juguetes y las golosinas. Cerca ya del portón de salida se da un cuarto de vuelta y, como puede, libera su mano derecha y les brinda la clásica imagen: pulgar en alto y una gran sonrisa, todo un símbolo.



    El terremoto, la lesión, la llegada casi fortuita al hospital y todo un conjunto de causales naturales y humanas modificaron el destino de este niño, de una muerte probable a una vida con alguna garantía de éxito, futuro nada despreciable en uno de los países más pobres de este desigual y tan poco humano, o tan humano, mundo.

    Hay quienes aseguran que los nombres tienen significado aunque esto pueda ser no más que un juego semántico. Según ellos “Kenley” significa “desde el prado del rey”. Antes del terremoto tenía muchas probabilidades de que su vida transcurriera en la oscuridad de las catacumbas, ahora se le abrió una puertita, aunque sea pequeña, de alcanzar esos prados.

    Agosto de 2010

    Medal Parade

    La Organización de las Naciones Unidas otorga a todos los Cascos Azules, en reconocimiento a su participación en una misión de paz, un símbolo consistente en una medalla, en apariencia de bronce, con el logotipo que la identifica.

    La ceremonia de entrega de esta distinción es la más importante de la misión, se realiza en algún momento de la segunda mitad de la misma y es denominada por su acepción inglesa, Medal Parade.

    La correspondiente a nuestra misión, Haití XII, se realizó el día 30 de junio a las 18 horas. Aproximadamente cien argentinos pertenecientes al Hospital Argentino y a la Brigada Aérea fueron los receptores de este homenaje. Participaron de la misma, como sucede habitualmente, las más altas autoridades de Naciones Unidas tanto civiles como militares. En esta ocasión la máxima autoridad civil, el guatemalteco Edmund Mulet, no pudo hacerse presente por lo que fue representado por su segundo, el estadounidense Kevin Kennedy; también estuvo presente el Force Commander, o sea la máxima autoridad militar, el brasileño General Luis Guilherme Paul Cruz; el embajador de Argentina en Haití, Ocampo; el jefe del Contingente Argentino, el Capitán de Navío Emilio Cancela y los comandantes de batallones argentinos y demás países presentes en Haití. También había algunos civiles que trabajan para la Minustah (siglas que denominan al programa de paz de la ONU que se desarrolla en Haití, del francés MIssion des Nations Unies pour la STAbilisation en Haïti) y, afortunadamente, también fueron invitados nuestros nuevos amigos portorriqueños, integrantes de la ONG Iniciativa de Paz.

    El clima fue bondadoso con todos nosotros, pues estaba nublado, lo cual mitigó la temperatura, y no llovió, hecho éste que fue habitual en la quincena previa.

    La ceremonia estaba conducida por dos locutoras que leían las glosas, una en español y la otra en inglés; comenzó con una introducción formal y a continuación presentaron al grupo de niños del Orfelinato Rose-Mine de Diegue, el de Rolande Celestin y Osvaldo Fernandez (El gendarme), que cantaron el himno nacional haitiano, luego fueron entonadas las estrofas de nuestro himno argentino; se sucedieron las palabras de las más altas autoridades, posteriormente se hizo entrega de las medallas y el acontecimiento llegó a su fin.

    Todos los compañeros de misión pasamos luego a prodigarnos abrazos fraternales que resumen simbólicamente el afecto generado por 3 o 5 meses de vivencias compartidas, pero hubo uno en especial que fue sumamente sentido, emocionado, afectuoso y lacrimoso: el que nos prodigamos con Gonzalo, "el traumatólogo", mi gran amigo de esta aventura.

    Como es habitual en este tipo de ocasiones, los anfitriones agasajan a la concurrencia con una cena o un lunch conformado por comidas típicas de su país de origen. En este caso consistió en una generosa cantidad de empanadas y una pata flambeada que estaban exquisitas e hicieron las delicias del núcleo humano cosmopolita allí reunido.

    Estos eventos sociales son muy interesantes ya que permite generar vínculos amistosos con personas de diferentes países. Luego de los postres comienza la música y en consecuencia el baile y una lucha, por momentos encarnizada, para poder conseguir una muchacha, o no tan muchacha, para bailar ya que es éste un elemento humano sumamente escaso en este tipo de ambiente, conformado por militares, y en consecuencia mayoritariamente testosterónico.

    La concurrencia empieza a retirarse paulatinamente a partir de las 21 hs y a medida que transcurre el tiempo, el alcohol empieza a inspirar a más de una mente como para expresar pensamientos filosóficos magistrales o soluciones casi mágicas para los principales problemas de la humanidad.

    Este tipo de vivencias genera anécdotas por doquier. Por ejemplo, parece ser que estoy haciendo una carrera militar tan brillante como vertiginosa. Desde Enero, la época en que hice el curso en la unidad militar Caecopaz en Buenos Aires he recibido en ocasiones el trato militar de oficial, quizás debido a las canas; durante el transcurso de la misión en diversas oportunidades fui saludado como oficial, mayor, etc. Durante la fiesta un miembro de las fuerzas armadas peruanas me “ascendió” a coronel. De civil a coronel en algo más de cinco meses. El paso siguiente consiste en mi postulación para general de brigada.

    Al final de la fiesta, antes de acostarme, guardé celosamente la medalla recibida no sin antes observar algo que no había percibido anteriormente, la frase inscripta en su reverso: “IN THE SERVICE OF PEACE”



    Agosto de 2010

    El vudú haitiano

    Primera parte

    La religión vudú está presente en varios países de América y con modalidades diferentes debido a las evoluciones propias de cada región. Así como el español que se habla en España, en Argentina o en México presenta las particularidades características de cada lugar, el vudú haitiano tiene también su perfil propio. Es el credo que predomina en este país y su origen se remonta a los tiempos en los que era colonia francesa. Fue traído por los esclavos negros procedentes de Dahomey, actualmente la República de Benín, África, y se la define como un sincretismo -unión de doctrinas filosóficas diferentes- debido a que es una mezcla de la religión católica con ritos africanos. Esta fusión se produjo debido a que los colonos habían prohibido a los esclavos negros la práctica de otra religión que no fuera el catolicismo por lo que, escudándose en la imagen de la religión impuesta fueron incorporando clandestinamente los rituales que les eran propios. A lo largo de los últimos trescientos años ha ido evolucionando hasta llegar a ser una religión tan estructurada como las religiones occidentales más importantes.

    La base del culto vudú consiste en la práctica de danzas rítmicas, acompañadas de tambores, cantos, invocaciones corales y mímica rítmicamente ejecutada, que conduce a los prosélitos a entrar en estado de posesión estática. Los estudiosos sostienen que esta religión surgió como mecanismo de defensa ante el sistema esclavista y en consecuencia lo consideran como un culto «de evasión» ya que, a través del éxtasis experimentado, el individuo se siente liberado de la opresión social, cultural y religiosa que han padecido las comunidades esclavas durante siglos.
    Se la caracteriza como animista debido a que le atribuyen vida y poderes a objetos de la naturaleza.

    La etimología de la palabra vudú es bastante discutida: algunos afirman que proviene de Vaudoux que significa literalmente "hechicero negro'' y que a su vez deriva de la palabra francesa Vaudois, la cual hace referencia a las prácticas de hechicería. Otros investigadores sugieren que procede de la voz africana vudú, que significa el “omnipresente” o sobrenatural, y cuyo símbolo es una serpiente no venenosa.

    Las ceremonias son conducidas por sacerdotes que reciben el nombre de Hougan si es un varón, y de Mambo si es mujer.

    En general, en el vudú se considera que existe una entidad sobrenatural última, llamada de diversas maneras, siendo las más habituales Bondye (Bon Dieu, Buen Dios) o Mawu. Esta entidad rige el mundo sobrenatural pero es inaccesible y permanece ajena al mundo de los humanos, por lo que la comunicación con ese mundo sobrenatural ha de llevarse a cabo a través de los numerosos loas (el Barón Samedi, la Maman Brigitte, Damballa, etc), entidades también sobrenaturales que actúan como deidades intermediarias y que conforman, de hecho, el eje central del vudú, teniendo cada uno de ellos una personalidad diferente y múltiples modos de ser alabados (mediante canciones, bailes, símbolos rituales y otros). Son el equivalente de los santos en la religión católica.

    El aspecto central de esta religión, que algunos prefieren llamar secta, es la curación de enfermedades. Probablemente constituyen el 60% de la actividad del vudú. Los curanderos curan con hierbas, fe sanadora (con la ayuda de los loas y otros espíritus) y, hoy día, incluso con medicinas convencionales.

    Según varios autores, Hollywood es responsable en gran medida de que el imaginario popular vea en el vudú prácticas satánicas, zombies y muñecas clavadas con alfileres. Puede que esto sea sólo un extremismo, como suele suceder en muchos credos, ya que parece tratarse de una religión más, que sólo intenta mitigar la angustia del humano que no alcanza a responder las dos preguntas mágicas de la filosofía: ¿Qué somos? y ¿Para qué estamos?

    Una frase interesante que hay en la bibliografía dice que el vudú es “una herramienta para la existencia”, aunque en realidad lo fue para la subsistencia, ya que se transformó en una defensa espiritual para soportar las durísimas y terribles condiciones humanas que soportaron los esclavos de esta región.

    Segunda parte

    Conocí a un negro -en Haití, así como en otros países, no está bien visto referirse a las personas de tez oscura como “negros”, se aconseja hablar de gente de color, morenos, morochos, etc, pero yo digo “negro” en el sentido simpático y no peyorativo de la palabra, en consecuencia voy a seguir escribiendo en estos términos-, repito, conocí a un negro…, que oficiaba de ayudante de cocina en este preciso recinto del Hospital Argentino. Flaco, bastante flaco, cara de atorrante, sonrisa espontánea, unos 23 a 25 años, caminar desgarbado y desprolijo, habla un español confuso y responde al nombre de Onaga y es muy, pero muy negro. Luego de esta descripción puede resultar sorpresivo y hasta poco creíble que este buen muchacho sea un Hougan, o sea un sacerdote, cura, pastor, líder religioso, priest, obispo o como se lo quiera llamar, perteneciente al culto vudú. Una tarde estábamos Gustavo, uno de los enfermeros, y yo, charlando con Onaga.



    Nos enteramos de su actividad religiosa durante el transcurso de la charla y ésta concluyó con una invitación a presenciar una ceremonia importante que él iba a conducir y que se realizaría en la segunda quincena de junio, un domingo por la noche, tal es la costumbre. Nos estaba permitido tomar fotografías e inclusive filmar, la ceremonia dura unas cuatro horas y participaríamos de una cena -habíamos contratado el paquete all inclusive-. No sin cierta ansiedad preparamos nuestros aparatos de registro gráfico, pero un par de horas antes del evento la naturaleza nos aguó la fiesta: llovió a baldazos, en consecuencia la ceremonia fue suspendida. La concurrencia de Onaga a un congreso o retiro importante con sus pares, más lluvias en todos y cada uno de los domingos restantes hasta nuestro regreso a Argentina hizo que esta cita con la teología, una de las vivencias más particulares de esta experiencia, no haya podido ser plasmada. De todas maneras, la descripción del hecho, la simpleza de Onaga, el Hougan, y la apertura por él demostrada puede dar una idea, tal como a mí me sucedió, de la transparencia de esta creencia religiosa, y tal vez contribuir en alguna medida a su desmitificación.

    PD: Lecturas sugeridas:


    Agosto de 2010

    Maki

    Allá por el mes de Abril recibí un correo electrónico en el que una mujer argentina me comentaba, previo pedido de disculpas por haberme escrito sin conocerme y tras haber conseguido mi dirección de correo, que estaba por viajar en Agosto a Puerto Príncipe con su marido para conocer a un niño que les había sido concedido en adopción e interrogándome sobre si tenía conocimientos de la existencia de algún pediatra argentino desempeñándose en este país, a los fines de contratarlo para evaluar el estado de salud del niño en cuestión. Mi respuesta fue que ignoraba si el profesional requerido pudiera existir, pero que en el hospital desempeñaban sus actividades once médicos y, si bien ninguno de ellos era pediatra, alguno, o un grupo de ellos en conjunta expresión de aptitudes, tendrían la capacidad para cumplimentar el examen requerido.

    Con el correr de los días, y luego de ponerla en contacto con Lili, una de los miembros del staff médico, comenzamos con un intercambio epistolar, vía mail, chat y alguna comunicación telefónica, que terminó derivando en una promesa de intentar llegar hasta el orfanato en que se encontraba Maki a los fines de conocerlo, tomarle una fotografía, jugar un rato y transmitirle mis impresiones sobre el bebé.

    En primer lugar debía averiguar la dirección, tarea que no fue sencilla; mejor dicho, en Haití nada es sencillo. Esta mujer, a quien voy a nombrar como Camila aunque no es su nombre real, me transmitió una que resultó no ser de este país, sino de Nueva York. Le comenté a Camila que no me resultaba demasiado cómodo ir a Nueva York y que seguramente Maki no estaría allí sino aquí. También me informó que el orfanato estaba dirigido por una tal Bárbara Walker y que se expresaba en un inglés muy cerrado. Encontré en internet el sitio del orfanato en el cual tampoco figuraba la dirección en Haití, pero sí el teléfono y una dirección de e-mail, así que le envié un mensaje a esta señora.

    Al cabo de unos días me envió la dirección y consulté la misma con Maxon, mi gran amigo haitiano, que además siempre estuvo presto para satisfacer todas mis inquietudes, caprichos, gustos y necesidades. Me informó que no quedaba muy cerca y le facilité el teléfono para que hablara con esta mujer y le comentara mi interés. Luego de la charla quedamos en que podía ir acordando previamente el día y la hora de la visita. Tras algunos frustrados planes pudimos urdir uno más para el sábado 17 pero su concreción pendía de algunos detalles como ser que a Maxon le devolvieran el auto que había alquilado a un amigo. La necesidad de utilizar el auto de este amigo se debía a que desplazarse en Haití es dificultoso, me comentaron que existen algunos taxis, pero tras una estancia de seis meses, no sé qué aspecto tienen, cómo se puede contratar uno y ni siquiera estoy totalmente seguro de su existencia; otro medio de transporte son los llamados “motoconchos”, también presente en Rep. Dominicana, que son ni más ni menos que motos de alquiler que transportan una, o, más ajustadamente, dos personas. El tránsito en Puerto Príncipe es tan alocado que la utilización de estos medios es temeraria.

    A eso de las 13,30 hs de ese sábado llamé a Maxon para ver si había conseguido el auto, me respondió que sí y que en algo más de una hora estaría por el hospital. Se demoró un poco más, llegó a las 15,30 hs y estaba dudando en ir porque el alternador de su vehículo no andaba, por ende la batería no tenía carga y el auto no arrancaba, le dije que lo empujábamos, acordamos la tarifa y nos embarcamos con Gonzalo y Felow, otro de los haitianos que está trabajando en el hospital. El orfelinato quedaba a unos 10 km, teníamos la dirección pero no estaban muy seguros de donde era exactamente. Previamente Maxon había hablado al lugar para preguntar si podíamos ir, pidió alguna información adicional de cómo llegar y tanto él como Felow se comunicaban constantemente a medida que nos acercábamos al lugar para ver si el camino tomado era el correcto, también le íbamos preguntando a los locales.

    En Haití todo es difícil, ya lo dije antes, pero bien vale repetirlo, desde conseguir medios de transporte hasta poder ubicar un lugar, ya que las calles no están señalizadas, la consulta a la gente da como resultado o desconocimiento sobre lo que se lo interroga o respuestas equivocadas. El tránsito es caótico y una mezcla de autos, camiones, motos, bicicletas y peatones casi sin leyes hace que los atascamientos sean frecuentes; salvo unas pocas arterias principales, el resto de las calles están en malísimo estado. Cuando estábamos cerca, se paró el auto, nos bajamos a empujarlo pero parecía que había echado raíces en el suelo, entre tres no podíamos moverlo ni un centímetro, no entendíamos lo que pasaba. Tardamos unos 15 minutos en hacerlo arrancar. Me llamó mucho la atención que cuando se descompuso el auto había a muy pocos metros más de diez personas que contemplaban nuestro esfuerzo y la inutilidad del mismo y tan sólo una de ellas se arrimó a ayudarnos. Cuando un hecho de éstos ocurre en algún otro país, las personas se arriman e inmediatamente se soluciona el problema. Acá solo se limitaban a contemplar la escena y permanecían impasibles aún cuando Maxon y Felow les habían pedido auxilio. Esto me impresionó como una brutal ausencia de solidaridad. Más tarde me explicaron que esta actitud se debía a ciertas expresiones de conflictos o diferencias sociales más complejas que sería un poco largo de explicar y quizás deba o pueda hacerlo en otro contexto narrativo.

    Luego de hacer arrancar el auto y dado el mal estado del camino decidimos continuar a pie. Maxon se quedó en el auto en marcha por temor a que no arrancara nuevamente, así que había prisa en encontrar el lugar y cumplir con el cometido.

    Encontramos el orfantato y entramos. Felow, como muchos haitianos, habla creole, francés, inglés y español, así que oficiaba de intérprete. Había una mujer local y luego llegó la directora, Bárbara Walker, una mujer de unos 60 años, rubia, usa vestidos amplios aunque con poco espacio libre, creo que es norteamericana. Ya sabía que nuestro objetivo era tomar fotos de Maki, que resultó ser un gordito divino, simpático, portador del clásico y tremendo par de ojazos tiernos propio de estos niños. Estimo que debe tener entre seis y ocho meses. Lo fotografiamos, lo pasamos de brazo en brazo, lo comimos a besos, luego tomamos fotos de otros niños que iban a ser adoptados por padres argentinos, entre ellos conocimos a Margarita, Lorenzo y Berta.

    Bárbara nos hizo pasar a su oficina, nos mostró algunas carpetas en las que estaban los expedientes de muchos adoptantes. La visita fue placentera, bella, el orfanato está muy lindo, para lo que se puede considerar lindo en Haití, se nota que los niños están muy bien atendidos. Había gente blanca, probablemente norteamericanos, haciendo trabajos de construcción. No pudimos disfrutar mucho porque teníamos prisa debido a las condiciones del vehículo, así que habremos estado unos quince minutos y tuvimos que retornar. El viaje de vuelta fue lindo, demoramos unos veinte o treinta minutos, paramos a echarle aceite al auto y Maxon casi se quema al sacar la tapa del motor. Durante una charla muy amena ellos quedaron muy sorprendidos cuando les comentamos que en Argentina la escuela primaria, secundaria y superior es gratuita. Maxon nos preguntó entusiasmado si él podía ir a estudiar a nuestro país, si podría conseguir trabajo y muchas cosas más. Le respondimos que podía ir, que reciben a estudiantes extranjeros en las mismas condiciones que los nativos, que con tantos amigos argentinos que había hecho en estos años de alguna forma le conseguiríamos trabajo. Le dije por ejemplo, que además de Gonzalo, yo y algunos más, en los padres de Maki ya tenía unos potenciales amigos desconocidos, que seguramente podrían hacer algo para devolverle la gentileza y las ganas que puso en todo esto, así que quedó plantada seguramente una semillita en su cabezota.

    Ya de regreso en el hospital nos bajamos los cuatro del vehículo, el destartalado Ford modelo 82 mostraba huellas de su fatiga, solamente le faltaba, como los de los dibujitos animados, ponernos una cara tristona, aunque mirándolo bien, la tenía. Merecía que su imagen quedara documentada así que posamos todos junto a él, como corolario de esta historia, que por la forma en que se desarrolló presenta todos los atributos de una aventura, de trama casi hollywoodense, y como tal, con final feliz.


    Julio de 2010

    1,2,3: celeste, blanca y celeste

    1-¿Dónde está la bandera idolatrada?: En primer lugar quiero hace hincapié en que estas palabras no son escritas a modo de crítica sino que constituyen la descripción de un hecho que me resultó sorprendente y que pueden mover a la reflexión, a la discusión y, en ocasiones, al sinceramiento.

    El 20 de Junio próximo pasado se celebró el Día de la Bandera para el pueblo argentino. Como ya se sabe en este preciso año 2010 esta fecha acaeció en un día Domingo. Mi permanencia dentro de un contexto militar me mantenía expectante en cuanto a de qué manera se conmemoraría el aniversario del fallecimiento de Manuel Belgrano. El festejo era cronológicamente coincidente con el día del padre y las felicitaciones para éstos corrían por doquier. El día fue transcurriendo y la bandera ondeó solitaria, casi inadvertida y formalmente ignorada. Los lunes a primera hora, como habitualmente sucede, hay formación. Esta consiste en el agrupamiento del personal de salud y logístico ante sus correspondientes jefes, que a su vez se presentan ante el jefe de la misión, el cual procede a informar situaciones que deben ser de dominio público, advertir sobre errores o incumplimientos y comunicar eventos actuales o futuros. El informe terminó sin que se efectuara ningún tipo de alusión a la efeméride.

    No alcanzo a comprender las razones del suceso; un olvido involuntario? Deliberado? Un cambio de costumbres protocolares? Sin embargo tengo la impresión de que la bandera es y sigue siendo un símbolo por excelencia en el ámbito militar.

    En el sector popular la actitud hacia los símbolos patrios hace tiempo que viene en decadencia, no sé si eso es bueno o malo, al fin y al cabo son tan sólo objetos que sirven para materializar o para demostrar materialmente un sentimiento como lo es el sentir patriótico, pero el verdadero sentimiento no necesariamente debe ser exteriorizado por esos símbolos, en ocasiones éstos constituyen tan sólo un disfraz, el verdadero patriotismo se traduce en hechos.

    2-Símbolo comunicador: El martes 15 de junio por la tarde salimos a caminar por Puerto Príncipe con dos médicos amigos. Al regreso de la misma pasamos por un supermercado a comprar algunas vituallas. Luego de haber hecho la compra, pasado por la caja y mientras esperaba a los amigos, se me acercó una persona y me preguntó: “¿Cuándo juegan el próximo partido?” Le contesté inmediatamente: “El próximo jueves”, y continuamos un diálogo ameno con él y otras personas que le acompañaban que resultaron ser médicos, estudiantes de medicina, enfermeros y farmacéuticos pertenecientes a una Organización No Gubernamental (ONG) de Puerto Rico llamada Iniciativa de Paz y que hace varios meses que están prestando atención en salud en Haití. Mis amigos se incorporaron luego a la charla, más tarde nos acercaron al hospital en su vehículo y el jueves a la noche fuimos invitados a cenar en la casa que ocupan. Todo ello derivó en una relación humana rica y fecunda. El elemento disparador de toda ella fue la bandera argentina que a la altura de mi corazón estuviera cosida en la chomba que portaba y que nos fuera entregada como parte del equipo.

    3-Con la camiseta puesta: En los días de Junio de 2010 el celeste y blanco de nuestra bandera y la bandera misma es agitada con intensidad y los cuerpos de millones de argentinos residentes en Argentina y en diferentes partes del planeta están cubiertos por camisetas, dinámica ésta exacerbada por la actuación del equipo argentino de fútbol en la primera fase del campeonato. ¿Es necesario o imprescindible que el fútbol sea un factor mediador para que este símbolo adquiera la notoriedad que naturalmente debería tener? ¿El sentido de pertenencia a nuestro país es real o se trata tan sólo de identificar el país de origen para la lid deportiva? Bueno, al fin de cuentas y sea como sea, el sólo hecho de que flamee nuestra bandera en otras latitudes genera un hermoso sentimiento de nostalgia y el tener en la mano algo celeste y blanco de alguna manera y aún en una pequeña medida contribuye a acentuar el ser argentino.

    Julio de 2010

    Merci Messi

    El destino, en ocasiones, tiene gentilezas con uno. El jueves quince de julio acaeció una de ellas. En la pizarra del comedor se anunciaba que el almuerzo iba a ser una hora antes de lo habitual y que luego había una reunión. Por razones particulares este cronograma resultó alterado: a eso de las 12:30 ingresó al hospital un muchacho menudo de estatura y de volumen corporal, pelo algo rojizo, casualmente desprolijo, barba de unos pocos días, sonrisa afable, bermudas, zapatillas, una remera azul con el logo y las siglas de UNICEF. Lo acompañaban otras personas con la misma remera y dos o tres más, bien vestidas y bastante corpulentas, denominadas guardaespaldas.

    Era literal y realmente perseguido por la mayoría de las personas presentes en el hospital, hecho éste que era a duras penas contenido por los jefes y responsables de la seguridad de esta unidad militar.

    La situación era realmente particular, el sujeto en cuestión no había concurrido como paciente sino como visita y se trataba nada más y nada menos que de la máxima estrella mundial del fútbol profesional, Lionel “La Pulga” Messi.

    Inclusive yo, que no tengo una afición particular por este deporte, resulté contagiado por el fervor popular y me transformé en un cholulo más tratando de acercarme, saludarlo, solicitar un autógrafo, y una fotografía cerca de él. Todos estos objetivos fueron cumplidos: hoy, en mi ropero, presto a ser colocado en la valija con destino a Argentina, tengo uno de mis ambos con una firma de este buen muchacho y una veintena de fotografías de diferentes ángulos y momentos, que seguramente harán las delicias y la consiguiente sana envidia de muchos de mis amigos cuando recreemos vivencias de esta experiencia.

    Lionel se marchó luego de casi una hora de permanencia en nuestro hogar temporario y en horas de la tarde comencé a recibir comunicados de mis familiares y amigos que me decían que en los canales de Argentina estaba circulando la noticia con una foto en la cual yo estaba casual, o no tan casualmente, muy cercano a la imagen central que ocupaba Messi.

    Realmente disfruté tanto el momento que si pretenden adjudicarme el mote de ese personaje actoral del teatro cómico, Figuretti, NO – ME – IM – POR – TA, OK?



    Julio de 2010

    Acerca de hándicaps, caddies, cortes y quebradas...

    Una forma de amenizar el tiempo libre, una vez culminadas las tareas a las que estamos afectados en nuestro hospital, consiste en la realización de actividad física que puede ser a través de la utilización del gimnasio, caminatas, running o diversas actividades deportivas. Entre estas últimas tenemos fútbol en la cancha del grupo aéreo, básquetbol en la playa de estacionamiento o ¡golf! en los links del hospital, construidos y acondicionados a tal efecto por un cultor extremo de esta disciplina, el Dr. Carlos Utrera. Según narra la leyenda -más precisamente por sus propias palabras- ha aprendido a desempeñarse comenzando a indagar la teoría, dio sus primeros pasos tomando un diccionario y averiguando la definición de la palabra habilidad. Una vez entendido este concepto continuó con la búsqueda semántica, hecho éste que le permitió nutrirse de una vasta gama de conocimientos que llevados a la práctica hicieron de él un maestro de este noble deporte. Ostenta la generosa marca de “3 bajo el par” y las malas lenguas dicen que hizo “un hoyo en una” el pasado 30 de febrero. Como es un maestro de la locuacidad aplica esta condición personal en el juego, de tal forma que le habla a las pelotitas hasta sumirlas en un estado hipnótico, tal como lo hace con sus pacientes en su profesión de anestesista; una vez que las hace llegar a este trance las pequeñas esferas quedan sometidas a su total voluntad haciendo las delicias de este jugador, y se dirigen mansa y resignadamente al hoyo elegido por su amo. Algunos ya están siguiendo sus pasos: el Dr. Gonzalo Teijeiro ha comenzado una práctica intensiva, el Dr. Carlos Brandan está dando sus primeros pasos en esta disciplina y este servidor, a partir de la próxima semana, comenzará como caddie del Dr. Utrera a los fines de embeberse de eagles, boogies y demás términos, amén de los movimientos adecuados, con el objeto de poder participar del Abierto del Hospital Militar Reubicable programado para la segunda semana de Julio.

    Bromas aparte, Carlos es bastante más que un aficionado y aún sin llegar a ser un profesional, según dicen los que saben, ostentar “20 de hándicap” en este deporte es algo que no pocos envidian.

    Otra disciplina recreativa que se practica con dispar regularidad es la danza que nos identifica a los argentinos en el mundo: el tango. Su enseñanza es impartida por el maestro del "dos por cuatro", Reinaldo Videla, un suboficial del ejército que emplea su capacitación como enfermero como pantalla para contagiar a todo quien se le acerque e inducirlo a armonizar los movimientos del cuerpo necesarios para este sensual baile.

    A los fines prácticos, imparte las nociones básicas en primer lugar a los hombres, porque en el tango es éste quien debe hacer de conductor. La mujer se luce especialmente, pues la gracilidad y belleza de sus movimientos constituyen un especial atractivo, pero es el hombre quien, como una especie de titiritero, debe, mediante sutiles y precisas presiones de ambas manos, generar en la fémina la armónica y dinámica sucesión de movimientos.

    Si bien no alcancé a hacer boogies, eagles, ni a ser un maestro tanguero, muy difícilmente hubiera podido imaginarme que Haití me permitiría aprender a sostener en mis manos un palo de golf, impulsar una pelotita y a desplazarme por una pista con rudimentarios y elementales pasos de tango.





    Julio de 2010