Kenley

Para todos los niños del mundo en su día (08-08-2010)

Kenley es el nombre de un niño haitiano, de apellido Silis, que vive en Puerto Príncipe, en el populoso barrio de Nazon, su casa está cerca de una de sus calles más importantes, la Rue Acacia. El 12 de enero de 2010 a eso de las 4 de la tarde su madre lo envió a la casa de su abuela, distante unos pocos metros de la suya. Con la inquietud que caracteriza a un niño de 6 años, Kenley salió disparado a cumplir el cometido, al llegar llama a los gritos a su abuela, le hace unos mimos, juguetea un rato, sale para el patio, corre a las gallinas y ya un poco más calmo, se pone a jugar con unas piedritas. A las 4.47 empieza a sentir algo raro, la tierra se mueve, mucho, tiene miedo, no entiende lo que está pasando. “¡Abuela!”, grita. La abuela responde “¡Kelito, no te muevas de ahí!” Kenley cada vez tiene más miedo, se quiere parar y se cae, se siente mareado, de pronto siente un golpe en la cara y en la mano y luego nada más. En algún momento y de alguna manera llega hasta la vereda y queda allí semiinconsciente y dolorido, sangrante, turbado, viendo con un solo ojo y sin comprender demasiado qué había pasado y qué estaba pasando ahora, escucha gritos, llantos, gente que corre desesperada, sirenas, bocinas, mucho pánico. Temblando de miedo sólo atina a acurrucarse contra una pared de la que quedaba sólo una parte en pie. Tras algún tiempo siente unos brazos que lo levantan, no alcanza a distinguir si es una persona conocida o no, tan sólo se deja llevar, sabe que no está bien, ya está un poco oscuro. Kenley no opone resistencia, está herido y necesita que alguien se ocupe de ello, los brazos que lo sostienen transmiten esa sensación de protección tan necesaria en momentos angustiosos y se entrega dócilmente a ellos tratando de olvidarse del dolor de sus heridas.

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Puerto Príncipe, la ciudad capital de Haití había sido afectada por un fortísimo terremoto.
No fue el epicentro, pero la magnitud del fenómeno fue lo suficientemente grande como para derribar una considerable cantidad de edificios y casas, entre ellos algunos sumamente importantes como el palacio de gobierno, el cuartel general de la Minustah (Misión de la ONU en Haití) y el Hotel Montana, el mejor de la ciudad y residencia de funcionarios destacados. Al desastre natural se sumaba entonces que el sistema de poder había quedado desmembrado, lo cual, en situaciones de esta naturaleza hace sumamente difícil la adecuada y necesaria toma de medidas para reaccionar ante esta contingencia.
A las 18 horas oscurecía y la de por sí escasa luz artificial se había anulado totalmente. Uno de los pocos lugares de Puerto Príncipe que había quedado iluminado era el Hospital Militar Reubicable de la Fuerza Aérea Argentina convirtiéndose así en la única entidad que podía brindar asistencia en salud para una ciudad de dos millones de habitantes golpeada brutalmente por la naturaleza.
El hospital había resultado afectado, no en su estructura edilicia, sino por la caída de gran parte de su mobiliario, pero la actitud decidida de sus integrantes había hecho que en poco tiempo quedara nuevamente funcional. La gente se agolpaba en el portón de entrada en un triste espectáculo pidiendo auxilio para sí o para sus parientes o para sus amigos que llegaban, muchos de ellos, con lesiones muy serias. El personal de seguridad del hospital, con una lógica necesaria, regulaba la entrada de heridos en base a la disponibilidad de espacios y personal para su atención.

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En medio de este casi brutal clima de tensión y forcejeos, porque la desesperación en estos casos hace actuar quién sabe de qué manera, un policía -algunos dicen que era nigeriano, otros que era español-, sostenía en sus brazos a Kenley, esperando el momento propicio. Gracias a su investidura, a su habilidad para manejarse en tumultos y a su fortaleza física logró acercarse hasta la puerta de entrada y en una de esas esporádicas aperturas, bajó al niño de sus brazos, lo empujó y lo alentó con un “¡Go, go!”. Y Kenley salió trastabillando, se cayó, se volvió a levantar, vio cerca de él la figura de un médico y su instinto de supervivencia lo hizo aferrarse fuertemente a las piernas de éste; ya estaba adentro. Presentaba importantes lesiones en la parte superior de su ojo derecho extendida hasta la parte media de su frente y en la parte inferior hasta la altura de su boca. Su cara era una masa sanguinolenta que producía impresión en el neófito y lástima en el entendido. También tenía lesiones de diversa magnitud en su mano derecha. Por tratarse de un niño y por el tipo de lesiones que presentaba fue atendido prontamente y por especialistas para cada una de las áreas afectadas. Requirió, por lógica, la correspondiente internación; a su lado había otra niñita haitiana que estaba acompañada por su padre.

Decenas, centenas o quizás miles de padres vagaban por Puerto Príncipe buscando a sus hijos y viceversa. Muchos individuos pertenecientes a Naciones Unidas o a Organizaciones No Gubernamentales que prontamente desembarcaron en Haití colaboraban en este aspecto.

Kenley era un huérfano más, circunstancial, quizás temporario, era imposible determinar si se trataba de un huérfano real o de padres no ubicables.

Permaneció internado, evolucionando favorablemente, el tratamiento de las heridas de la cara iba produciendo mejoras notables, una cirugía en la mano realizada por el traumatólogo Gonzalo Teijeiro la dejó casi con plenitud funcional. El personal del hospital, tanto del equipo de salud como muchos del área logística, pasaban a verlo de manera constante y a veces sin excusas válidas, por el sólo hecho de estar cerca, ya sea para acompañar o para sentirse acompañado por este pequeñuelo que estaba dejando improntas en el corazón de muchos. El idioma era una barrera que se transponía con ayuda de los traductores; el personal, luego de seis meses de estancia en el lugar, tenía algunos rudimentos de la lengua sumado a la típica comunicación por señas que se produce entre personas que hablan idiomas diferentes.

Cuatro días después del terremoto entró al hospital Marina, la bioquímica. Venía cansada físicamente y sicológicamente agotada por todo lo que representó el terremoto. Una parte del personal estaba mal por lo ocurrido, por el trabajo y porque el regreso a Argentina que estaba previsto para fin de enero parecía que se postergaba por dos meses más. Eso configuraba un ambiente muy denso que producía un desgaste adicional. Con ese estado de ánimo Marina llegó a la cama de Kenley, éste la miró, levantó una mano en señal de saludo y movió los únicos tres dedos que podía movilizar de ese miembro, además largó toda la sonrisa de que era capaz a través de los esparadrapos que le cubrían una buena parte de su cara. Marina sonrió débilmente, retrocedió y salió corriendo hacia su habitación donde se puso a llorar durante largo tiempo y a pesar de que el llanto puede ser en ocasiones malo para el corazón, en esta oportunidad sucedió todo lo contrario pues fue liberador y energizante, ya que le insufló de una nueva vitalidad. La simpleza del alma de ese niño que a pesar de su estado, de estar en un medio en el que no podía hacerse entender y tampoco comprendía lo que le decían, tuvo la grandeza de expresar su amor con un gesto tan simple como un saludo. A pesar de la situación en que se encontraba, hallaba la manera de levantar el ánimo de los que le rodeaban.

Al quinto día una cantidad de agua superior a la habitual empezó a inundar la conjuntiva de los ojos de Kenley, esta cantidad fue creciendo hasta transformarse en una gota, de esas que reciben el nombre de lágrima, luego otra y otra, más tarde un quejido débil y más tarde aún un llanto sostenido. La sensación de sentirse a salvo, el estar contenido en cierta manera, la buena alimentación y la evidente mejora de su salud, no fueron elementos suficientes para paliar una ausencia física y sentimental tremendamente necesaria: la materna.

Los miembros del equipo de salud son plenamente conscientes de que para el proceso de curación no sólo es necesario una serie de acciones físicas sino también sicológicas que el profesional debe llevar a cabo para estimular al paciente, así que, ante la circunstancias que se presentaban en Kenley, por ese síndrome de ausencia, empezaron a desplegar todo un arsenal sicoterapéutico que consistía lisa y llanamente en representar el papel de padres sustitutos en todo su potencial.

Puerto Príncipe todavía estaba conmocionada por lo ocurrido, la tarea de búsqueda de sobrevivientes se desarrollaba a pleno, los heridos estaban curando, los que quedaron vivos estaban con un stress postraumático muy importante, los comercios que habían quedado ilesos estaban reabriendo paulatinamente sus puertas, el hedor y la pestilencia que emanaban de los cuerpos que se estaban recogiendo o que habían quedado sepultados era por momentos insoportable.

La terapia con suero y antibióticos de Kenley estaba casi totalmente cumplimentada y las circunstancias hacían que fuera imposible conseguir insumos materiales así que la primera consigna era sacarlo del hospital. La imaginación se fue agudizando entre varios de los miembros de la misión Haití XI. Con pantalones y casacas del personal de salud se le confeccionaron improvisadas vestimentas, alguien tenía unas pantuflas que había traído de alguna de sus licencias, las recortó adecuadamente y el mocoso, ya recuperado, correteaba plafplafeando en sus desplazamientos.

También se le regaló un autito a control remoto que por momentos trataba con cierta torpeza, hecho un tanto habitual en niños de su edad que de acuerdo a la información que él proporcionara era de seis años. Regalos comprados para ser llevados a Argentina destinados a los hijos o nietos de los miembros del contingente pasaron a manos de Kenley. La sala de médicos por momentos se transformaba en un potrero en el que la puerta de entrada a la sala de terapia intensiva hacía las veces de arco.

El hospital había cambiado en algunos aspectos por su presencia, muchos de los sesenta integrantes del mismo estaban bobalicones por el deambular de Kenley. Corría para todos lados, se sentaba cerca de alguien, intercambiaba sonrisas, alguna caricia. Su permanencia era fugaz, de repente estaba sentado o a upa de algún otro. Muchos se encariñaron terriblemente con él durante su estancia.

Mientras se le practicaban las intervenciones y curaciones permanecía hidalgo y estoico sin haber derramado nunca una lágrima y levantando su cabecita para tratar de avistar lo que le estaban haciendo. Curiosa, o no tan curiosamente, esas lágrimas y llantos fluían raudamente cuando se lo llevaba debajo de la ducha para el habitual baño.

Mientras tanto los padres no aparecían, podrían haber muerto en el terremoto. La presencia de un niño en ese entorno, si bien era agradable, se estaba transformando en un problema. Ana, una sicóloga portuguesa que trabaja para Naciones Unidas, le tomó una foto, imprimió varias copias y, tal como hizo con muchos otros niños, éstas fueron distribuidas en diferentes puntos de la ciudad.

El 23 de enero, a once días del terremoto, Kenley tenía un estado de salud bueno, estaba restablecido y hacía ya algunos días que podría haber sido dado de alta. Entonces apareció una mujer de unos cuarenta años, menuda, bastante bonita, que decía ser la madre. La tarea siguiente consistía en determinar la veracidad de esta afirmación. Kenley Silis no tenía documentación, la madre tampoco, hecho bastante habitual en este país. Había que tomar precauciones, pues el comercio de niños es un hecho muy frecuente en Haití, y las características sociales y políticas posteriores a un terremoto, magnificadas por tratarse de un país como éste, constituyen un ámbito propicio para apropiarse de ellos. El encuentro de la madre con el hijo fue poco efusivo, como distante, o así lo pareció, no se produjo la tierna escena de abrazos y de lágrimas que uno espera, solamente una mirada intensa y muy prolongada entre ambos en la que el lenguaje del silencio era de una verborragia impresionante para el que supiera escucharlo. Luego la madre se aleja para ir a dialogar con el jefe de la misión y allí sale Kenley disparado detrás de ella, se aferra a su mano y a su antebrazo para no soltarla más. No quedaban dudas: era su madre.

Por alguna razón que se desconoce, la mujer no tenía mayor interés en llevarse consigo al niño, tal vez con la esperanza de que si él se quedaba en el hospital su vida podría ser más feliz, se rumoreaba que ella había perdido otros dos en el terremoto. Luego de algunos cabildeos ella termina llevándose a su hijo mientras que se le aseguraba el control médico en días posteriores.

Bajo el sol del mediodía del Caribe, una veintena de personas derraman sus lágrimas y levantan sus manos saludando a un Kenley que se aleja con una sonrisa y un pulgar levantado.

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Al día siguiente llegó Jorge, el nuevo farmacéutico, a formar parte del equipo de salud con ocho integrantes más. Junto a Gonzalo, el traumatólogo que había venido unos días antes y que operó la mano de Kenley, constituían el personal de "refresco" de la misión. Las historias que se escuchan de los que quedan del Haití XI son muchas, muy variadas, ricas, interesantes, pero hay una que se destaca, por la forma en que es contada, por su emotividad, por su sensitividad o vaya saber por qué razón: la de Kenley.

Pasa el tiempo, dos o tres meses y Kenley no regresa al hospital. Preguntas como: “¿qué será de la vida de este muchachito?”, “¿se habrá curado bien?”, “¿estará con sus padres?”, y hasta la de “¿vivirá?”, no tenían respuesta, Kenley en cierta manera había desaparecido.

Jorge comenzó entonces una búsqueda persistente, sistemática y tenaz, hablando con todos aquellos que habían llegado a tener contacto con el niño o con la madre. Cuando todo hacía parecer que la búsqueda sería infructuosa, en un diálogo con Cristo, uno de los traductores que trabajan en el hospital, recabó la información de que uno de los choferes de la misión anterior, el flaco Ariza, lo había llevado hasta su casa. El flaco es todo un personaje, tiene tres o cuatro misiones Haití en sus espaldas, conoce Puerto Príncipe como la palma de su mano. Consultado en tal aspecto, remitió al toque una descripción verbal y un mapa de Google Maps, en el que marcaba el camino con una increíble exactitud aparente.

Transcurre el último mes de la misión, así que no queda mucho tiempo para intentar el hallazgo. Jorge y Gonzalo consiguen el permiso de un vehículo para el intento. Tras una prolija búsqueda en Google Maps y con un mapa físico en mano, el sábado 10 de julio a las tres de la tarde parten con el chofer y Maxon, otro de los traductores que además es un tipazo.

La llegada es bastante rápida, unos 20 minutos, es un barrio sumamente caótico, sus calles, como la mayoría de las calles de Puerto Príncipe, son sinuosas, con subidas y bajadas, y muy angostas, pasan dos autos casi rozándose. Ésta fue una de las zonas más afectadas por el terremoto. Intentan ingresar por una de las vías estudiadas, a poco de andar se encuentran con que estaba parcialmente obstruida por los escombros. Caminan un poco, mientras tanto preguntan a todos, Maxon en creole, los demás en inglés, a veces en español. Los minutos pasan, se hace tarde y pronto empezará a oscurecer, pero la convicción del encuentro no da lugar a la duda en los aventureros. Se suben de nuevo al vehículo e intentan el abordaje desde otro lado, llegan a un punto en que tampoco se puede avanzar porque la calle era muy angosta y empinada, así que continúan a pie haciendo lo mismo, preguntar y preguntar, hasta que encuentran a una morena haitiana cuya masa grasa es directamente proporcional a su simpatía y si bien no era demasiado linda se transforma en hermosa al expresar que ¡conoce a Kenley!, le piden que los conduzca hasta él. La mujer empieza a hacerlo pero un hombre con el que habían hablado previamente la detiene, quiere asegurarse de para qué lo buscan, pues sospechaba y con lógica. Maxon le explica en creole que eran médicos del hospital argentino que habían conocido a Kenley cuando estuvo internado y querían ver como estaba, así que continúan, casi dando saltitos de contentos por la proximidad del encuentro, la casa está en una subida. Gonzalo avanza, sube unos peldaños y se encuentra con Kemley, lo abraza. Jorge estaba exultante, tratando de sacar fotos apuntaba y disparaba con prisa y emoción, luego pasa la cámara a Maxon y abraza al pendejo, a Gonzalo no se le caían las lágrimas, lloraba directamente, Jorge también lagrimeaba bastante, Kemley estaba bárbaro, las cicatrices apenas se le notan y la manito está perfecta, les presentan a la madre, bastante linda y joven, le explican todo y ella cuenta que hace unos días Kenley le había dicho que quería ir al hospital porque “tenía amigos allá”. En un momento el pibe se asustó un poco, no debía entender muy bien por qué lo abrazaban y besaban tanto, a Gonzalo parece haberlo reconocido, él le había arreglado la manito, a Jorge no lo conocía, a Maxon quizás no lo recordaba, así que se fue, se escondió, y subió para su casa; su nueva casa, que consistía en una especie de carpa construida en el techo de una vivienda vecina a su casa original ahora reducida a un montón de escombros, también subió su madre que lo cambió, le puso unos pantalones y una camiseta como la de algún equipo de basket. Le habían llevado algunos obsequios pero había que ir hasta donde estaba el vehículo, así que se fueron calle abajo todos contentos, a la madre se la veía muy feliz, la gorda que los había llevado hasta la casa seguía formando parte de la comitiva. Al llegar al vehículo Gonzalo le da una camiseta de Argentina, también le habían llevado algo de ropa, un juguete, unas golosinas y una caja grande con alimentos no perecederos que obtuvieron del hospital. Kemley pedía yogurt, alimento éste que había conocido durante su internación y cuyo sabor dulce lo fascinaba.



Le preguntaron a la madre si lo podía llevar algún día al hospital, respondió que sí inmediatamente y acordaron para el lunes al mediodía, para que fuera a almorzar. Le dejaron dinero para el transporte y se despidieron. Un regreso festivo, un objetivo altamente emocional logrado. Ya en el hospital, Gonzalo y Jorge se funden en un gran abrazo y lloran juntos de felicidad.

El lunes 12 de julio a eso de las 13:45 cuando ya parecía que la cita no se cumplía apareció el pendejo con su madre, bien vestido, súper limpio, tal como se caracteriza gran parte del pueblo haitiano, aún dentro de su pobreza y su humildad tienen una indumentaria siempre bien conservada y muy, pero muy pulcra. Se sentó a comer, por supuesto que su comida preferida: el yogurt. Los flashes de las cámara se disparaban por doquier, a cada rato se requería la presencia de uno de los asistentes de cocina haitiano, Felow, para que oficiara de traductor porque sólo hablan creole, así que de a poco se fue conociendo que son cuatro hermanos, Kenley es el menor, las otras 3 son mujeres, la más grande de 18 años, las mujeres son de un padre, Kenley de otro, el padre no está con ellos, no sé entendió bien dónde está, parece ser que luego del terremoto se fue a vivir a otro lado. El jueves 15 Kenley cumple 7 años, así que se le propone hacer la fiestita, se le dice a la madre que venga con sus hijas. No tienen teléfono. Uno de los médicos tiene uno que no usa, así que le compran un chip y una tarjeta y se lo regalan, así se puede mantener un contacto en el futuro. El niño en un momento salió afuera y se fue derecho a uno de los dormitorios, era el que habitaba antes uno de los médicos que lo había atendido, pero él ya no estaba, se había ido con la otra misión. La madre comentó que había tenido que abandonar el colegio porque no tenía dinero. Luego de comer hacen una recorrida por dentro del hospital pasando por la cama que había ocupado. Cuando llegó el momento de retirarse Kenley se empacó, no quería irse, la madre se lo tuvo que llevar a la rastra y llorando, quizás era una manera de demostrar el bienestar logrado en el hospital o el sentido de pertenencia que con esta entidad había cosechado. Por una de esas coincidencias cronológicas y de una manera en absoluto no premeditada Kenley había regresado al hospital que le aseguró la continuidad de su vida, en ese 12 de Julio, exactamente seis meses después del terremoto, cuando las cadenas de noticias de todo el mundo nuevamente volvían a recordar a este olvidado país.

El jueves 15 alrededor de las 16 horas regresa al hospital Kenley vestido con prolijísimo pantalón negro, impecable camisa blanca y zapatos radiantes por el lustre, radiación que quedaba opacada por la de su piel, sus ojos y su sonrisa. Vino acompañado de su madre, dos de sus hermanas y un tío que balbuceaba algo de español. La fiestita transcurrió entre sonrisas, gestos, y señas de buena voluntad debido a la barrera idiomática, que nuevamente era salvada por momentos por los traductores que se acercaban al comedor, lugar elegido para el evento, y permitían que, a través de su interlocución, se generaran algunos diálogos.



Una fiesta de cumpleaños clásica, con una torta preparada por los cocineros, algo que hacía las veces de vela, el cántico, los regalos y Kenley, que a esta altura de los acontecimientos cometía un homicidio no culposo sobre su sexto pote de yogurt, configuraban ese entorno mágico propio de la mayoría de las fiestas conmemorativas de natalicios.

No sin cierta tristeza llega el momento de la despedida, la mayoría de los presentes, ese círculo humano de idolatradores de Kenley, tienen la casi segura sensación de que es la última vez que verán a este niño en su vida, y disfrutan de la marca que él ha dejado en sus espíritus. Se aleja acarreando con sus manos y brazos unos cuantos juguetes, los bolsillos llenos de golosinas y la promesa de alguien que se va a hacer cargo del costo de sus estudios, aunque eso tenga para él demasiada poca importancia en comparación con los juguetes y las golosinas. Cerca ya del portón de salida se da un cuarto de vuelta y, como puede, libera su mano derecha y les brinda la clásica imagen: pulgar en alto y una gran sonrisa, todo un símbolo.



El terremoto, la lesión, la llegada casi fortuita al hospital y todo un conjunto de causales naturales y humanas modificaron el destino de este niño, de una muerte probable a una vida con alguna garantía de éxito, futuro nada despreciable en uno de los países más pobres de este desigual y tan poco humano, o tan humano, mundo.

Hay quienes aseguran que los nombres tienen significado aunque esto pueda ser no más que un juego semántico. Según ellos “Kenley” significa “desde el prado del rey”. Antes del terremoto tenía muchas probabilidades de que su vida transcurriera en la oscuridad de las catacumbas, ahora se le abrió una puertita, aunque sea pequeña, de alcanzar esos prados.

Agosto de 2010

Medal Parade

La Organización de las Naciones Unidas otorga a todos los Cascos Azules, en reconocimiento a su participación en una misión de paz, un símbolo consistente en una medalla, en apariencia de bronce, con el logotipo que la identifica.

La ceremonia de entrega de esta distinción es la más importante de la misión, se realiza en algún momento de la segunda mitad de la misma y es denominada por su acepción inglesa, Medal Parade.

La correspondiente a nuestra misión, Haití XII, se realizó el día 30 de junio a las 18 horas. Aproximadamente cien argentinos pertenecientes al Hospital Argentino y a la Brigada Aérea fueron los receptores de este homenaje. Participaron de la misma, como sucede habitualmente, las más altas autoridades de Naciones Unidas tanto civiles como militares. En esta ocasión la máxima autoridad civil, el guatemalteco Edmund Mulet, no pudo hacerse presente por lo que fue representado por su segundo, el estadounidense Kevin Kennedy; también estuvo presente el Force Commander, o sea la máxima autoridad militar, el brasileño General Luis Guilherme Paul Cruz; el embajador de Argentina en Haití, Ocampo; el jefe del Contingente Argentino, el Capitán de Navío Emilio Cancela y los comandantes de batallones argentinos y demás países presentes en Haití. También había algunos civiles que trabajan para la Minustah (siglas que denominan al programa de paz de la ONU que se desarrolla en Haití, del francés MIssion des Nations Unies pour la STAbilisation en Haïti) y, afortunadamente, también fueron invitados nuestros nuevos amigos portorriqueños, integrantes de la ONG Iniciativa de Paz.

El clima fue bondadoso con todos nosotros, pues estaba nublado, lo cual mitigó la temperatura, y no llovió, hecho éste que fue habitual en la quincena previa.

La ceremonia estaba conducida por dos locutoras que leían las glosas, una en español y la otra en inglés; comenzó con una introducción formal y a continuación presentaron al grupo de niños del Orfelinato Rose-Mine de Diegue, el de Rolande Celestin y Osvaldo Fernandez (El gendarme), que cantaron el himno nacional haitiano, luego fueron entonadas las estrofas de nuestro himno argentino; se sucedieron las palabras de las más altas autoridades, posteriormente se hizo entrega de las medallas y el acontecimiento llegó a su fin.

Todos los compañeros de misión pasamos luego a prodigarnos abrazos fraternales que resumen simbólicamente el afecto generado por 3 o 5 meses de vivencias compartidas, pero hubo uno en especial que fue sumamente sentido, emocionado, afectuoso y lacrimoso: el que nos prodigamos con Gonzalo, "el traumatólogo", mi gran amigo de esta aventura.

Como es habitual en este tipo de ocasiones, los anfitriones agasajan a la concurrencia con una cena o un lunch conformado por comidas típicas de su país de origen. En este caso consistió en una generosa cantidad de empanadas y una pata flambeada que estaban exquisitas e hicieron las delicias del núcleo humano cosmopolita allí reunido.

Estos eventos sociales son muy interesantes ya que permite generar vínculos amistosos con personas de diferentes países. Luego de los postres comienza la música y en consecuencia el baile y una lucha, por momentos encarnizada, para poder conseguir una muchacha, o no tan muchacha, para bailar ya que es éste un elemento humano sumamente escaso en este tipo de ambiente, conformado por militares, y en consecuencia mayoritariamente testosterónico.

La concurrencia empieza a retirarse paulatinamente a partir de las 21 hs y a medida que transcurre el tiempo, el alcohol empieza a inspirar a más de una mente como para expresar pensamientos filosóficos magistrales o soluciones casi mágicas para los principales problemas de la humanidad.

Este tipo de vivencias genera anécdotas por doquier. Por ejemplo, parece ser que estoy haciendo una carrera militar tan brillante como vertiginosa. Desde Enero, la época en que hice el curso en la unidad militar Caecopaz en Buenos Aires he recibido en ocasiones el trato militar de oficial, quizás debido a las canas; durante el transcurso de la misión en diversas oportunidades fui saludado como oficial, mayor, etc. Durante la fiesta un miembro de las fuerzas armadas peruanas me “ascendió” a coronel. De civil a coronel en algo más de cinco meses. El paso siguiente consiste en mi postulación para general de brigada.

Al final de la fiesta, antes de acostarme, guardé celosamente la medalla recibida no sin antes observar algo que no había percibido anteriormente, la frase inscripta en su reverso: “IN THE SERVICE OF PEACE”



Agosto de 2010

El vudú haitiano

Primera parte

La religión vudú está presente en varios países de América y con modalidades diferentes debido a las evoluciones propias de cada región. Así como el español que se habla en España, en Argentina o en México presenta las particularidades características de cada lugar, el vudú haitiano tiene también su perfil propio. Es el credo que predomina en este país y su origen se remonta a los tiempos en los que era colonia francesa. Fue traído por los esclavos negros procedentes de Dahomey, actualmente la República de Benín, África, y se la define como un sincretismo -unión de doctrinas filosóficas diferentes- debido a que es una mezcla de la religión católica con ritos africanos. Esta fusión se produjo debido a que los colonos habían prohibido a los esclavos negros la práctica de otra religión que no fuera el catolicismo por lo que, escudándose en la imagen de la religión impuesta fueron incorporando clandestinamente los rituales que les eran propios. A lo largo de los últimos trescientos años ha ido evolucionando hasta llegar a ser una religión tan estructurada como las religiones occidentales más importantes.

La base del culto vudú consiste en la práctica de danzas rítmicas, acompañadas de tambores, cantos, invocaciones corales y mímica rítmicamente ejecutada, que conduce a los prosélitos a entrar en estado de posesión estática. Los estudiosos sostienen que esta religión surgió como mecanismo de defensa ante el sistema esclavista y en consecuencia lo consideran como un culto «de evasión» ya que, a través del éxtasis experimentado, el individuo se siente liberado de la opresión social, cultural y religiosa que han padecido las comunidades esclavas durante siglos.
Se la caracteriza como animista debido a que le atribuyen vida y poderes a objetos de la naturaleza.

La etimología de la palabra vudú es bastante discutida: algunos afirman que proviene de Vaudoux que significa literalmente "hechicero negro'' y que a su vez deriva de la palabra francesa Vaudois, la cual hace referencia a las prácticas de hechicería. Otros investigadores sugieren que procede de la voz africana vudú, que significa el “omnipresente” o sobrenatural, y cuyo símbolo es una serpiente no venenosa.

Las ceremonias son conducidas por sacerdotes que reciben el nombre de Hougan si es un varón, y de Mambo si es mujer.

En general, en el vudú se considera que existe una entidad sobrenatural última, llamada de diversas maneras, siendo las más habituales Bondye (Bon Dieu, Buen Dios) o Mawu. Esta entidad rige el mundo sobrenatural pero es inaccesible y permanece ajena al mundo de los humanos, por lo que la comunicación con ese mundo sobrenatural ha de llevarse a cabo a través de los numerosos loas (el Barón Samedi, la Maman Brigitte, Damballa, etc), entidades también sobrenaturales que actúan como deidades intermediarias y que conforman, de hecho, el eje central del vudú, teniendo cada uno de ellos una personalidad diferente y múltiples modos de ser alabados (mediante canciones, bailes, símbolos rituales y otros). Son el equivalente de los santos en la religión católica.

El aspecto central de esta religión, que algunos prefieren llamar secta, es la curación de enfermedades. Probablemente constituyen el 60% de la actividad del vudú. Los curanderos curan con hierbas, fe sanadora (con la ayuda de los loas y otros espíritus) y, hoy día, incluso con medicinas convencionales.

Según varios autores, Hollywood es responsable en gran medida de que el imaginario popular vea en el vudú prácticas satánicas, zombies y muñecas clavadas con alfileres. Puede que esto sea sólo un extremismo, como suele suceder en muchos credos, ya que parece tratarse de una religión más, que sólo intenta mitigar la angustia del humano que no alcanza a responder las dos preguntas mágicas de la filosofía: ¿Qué somos? y ¿Para qué estamos?

Una frase interesante que hay en la bibliografía dice que el vudú es “una herramienta para la existencia”, aunque en realidad lo fue para la subsistencia, ya que se transformó en una defensa espiritual para soportar las durísimas y terribles condiciones humanas que soportaron los esclavos de esta región.

Segunda parte

Conocí a un negro -en Haití, así como en otros países, no está bien visto referirse a las personas de tez oscura como “negros”, se aconseja hablar de gente de color, morenos, morochos, etc, pero yo digo “negro” en el sentido simpático y no peyorativo de la palabra, en consecuencia voy a seguir escribiendo en estos términos-, repito, conocí a un negro…, que oficiaba de ayudante de cocina en este preciso recinto del Hospital Argentino. Flaco, bastante flaco, cara de atorrante, sonrisa espontánea, unos 23 a 25 años, caminar desgarbado y desprolijo, habla un español confuso y responde al nombre de Onaga y es muy, pero muy negro. Luego de esta descripción puede resultar sorpresivo y hasta poco creíble que este buen muchacho sea un Hougan, o sea un sacerdote, cura, pastor, líder religioso, priest, obispo o como se lo quiera llamar, perteneciente al culto vudú. Una tarde estábamos Gustavo, uno de los enfermeros, y yo, charlando con Onaga.



Nos enteramos de su actividad religiosa durante el transcurso de la charla y ésta concluyó con una invitación a presenciar una ceremonia importante que él iba a conducir y que se realizaría en la segunda quincena de junio, un domingo por la noche, tal es la costumbre. Nos estaba permitido tomar fotografías e inclusive filmar, la ceremonia dura unas cuatro horas y participaríamos de una cena -habíamos contratado el paquete all inclusive-. No sin cierta ansiedad preparamos nuestros aparatos de registro gráfico, pero un par de horas antes del evento la naturaleza nos aguó la fiesta: llovió a baldazos, en consecuencia la ceremonia fue suspendida. La concurrencia de Onaga a un congreso o retiro importante con sus pares, más lluvias en todos y cada uno de los domingos restantes hasta nuestro regreso a Argentina hizo que esta cita con la teología, una de las vivencias más particulares de esta experiencia, no haya podido ser plasmada. De todas maneras, la descripción del hecho, la simpleza de Onaga, el Hougan, y la apertura por él demostrada puede dar una idea, tal como a mí me sucedió, de la transparencia de esta creencia religiosa, y tal vez contribuir en alguna medida a su desmitificación.

PD: Lecturas sugeridas:


Agosto de 2010

Maki

Allá por el mes de Abril recibí un correo electrónico en el que una mujer argentina me comentaba, previo pedido de disculpas por haberme escrito sin conocerme y tras haber conseguido mi dirección de correo, que estaba por viajar en Agosto a Puerto Príncipe con su marido para conocer a un niño que les había sido concedido en adopción e interrogándome sobre si tenía conocimientos de la existencia de algún pediatra argentino desempeñándose en este país, a los fines de contratarlo para evaluar el estado de salud del niño en cuestión. Mi respuesta fue que ignoraba si el profesional requerido pudiera existir, pero que en el hospital desempeñaban sus actividades once médicos y, si bien ninguno de ellos era pediatra, alguno, o un grupo de ellos en conjunta expresión de aptitudes, tendrían la capacidad para cumplimentar el examen requerido.

Con el correr de los días, y luego de ponerla en contacto con Lili, una de los miembros del staff médico, comenzamos con un intercambio epistolar, vía mail, chat y alguna comunicación telefónica, que terminó derivando en una promesa de intentar llegar hasta el orfanato en que se encontraba Maki a los fines de conocerlo, tomarle una fotografía, jugar un rato y transmitirle mis impresiones sobre el bebé.

En primer lugar debía averiguar la dirección, tarea que no fue sencilla; mejor dicho, en Haití nada es sencillo. Esta mujer, a quien voy a nombrar como Camila aunque no es su nombre real, me transmitió una que resultó no ser de este país, sino de Nueva York. Le comenté a Camila que no me resultaba demasiado cómodo ir a Nueva York y que seguramente Maki no estaría allí sino aquí. También me informó que el orfanato estaba dirigido por una tal Bárbara Walker y que se expresaba en un inglés muy cerrado. Encontré en internet el sitio del orfanato en el cual tampoco figuraba la dirección en Haití, pero sí el teléfono y una dirección de e-mail, así que le envié un mensaje a esta señora.

Al cabo de unos días me envió la dirección y consulté la misma con Maxon, mi gran amigo haitiano, que además siempre estuvo presto para satisfacer todas mis inquietudes, caprichos, gustos y necesidades. Me informó que no quedaba muy cerca y le facilité el teléfono para que hablara con esta mujer y le comentara mi interés. Luego de la charla quedamos en que podía ir acordando previamente el día y la hora de la visita. Tras algunos frustrados planes pudimos urdir uno más para el sábado 17 pero su concreción pendía de algunos detalles como ser que a Maxon le devolvieran el auto que había alquilado a un amigo. La necesidad de utilizar el auto de este amigo se debía a que desplazarse en Haití es dificultoso, me comentaron que existen algunos taxis, pero tras una estancia de seis meses, no sé qué aspecto tienen, cómo se puede contratar uno y ni siquiera estoy totalmente seguro de su existencia; otro medio de transporte son los llamados “motoconchos”, también presente en Rep. Dominicana, que son ni más ni menos que motos de alquiler que transportan una, o, más ajustadamente, dos personas. El tránsito en Puerto Príncipe es tan alocado que la utilización de estos medios es temeraria.

A eso de las 13,30 hs de ese sábado llamé a Maxon para ver si había conseguido el auto, me respondió que sí y que en algo más de una hora estaría por el hospital. Se demoró un poco más, llegó a las 15,30 hs y estaba dudando en ir porque el alternador de su vehículo no andaba, por ende la batería no tenía carga y el auto no arrancaba, le dije que lo empujábamos, acordamos la tarifa y nos embarcamos con Gonzalo y Felow, otro de los haitianos que está trabajando en el hospital. El orfelinato quedaba a unos 10 km, teníamos la dirección pero no estaban muy seguros de donde era exactamente. Previamente Maxon había hablado al lugar para preguntar si podíamos ir, pidió alguna información adicional de cómo llegar y tanto él como Felow se comunicaban constantemente a medida que nos acercábamos al lugar para ver si el camino tomado era el correcto, también le íbamos preguntando a los locales.

En Haití todo es difícil, ya lo dije antes, pero bien vale repetirlo, desde conseguir medios de transporte hasta poder ubicar un lugar, ya que las calles no están señalizadas, la consulta a la gente da como resultado o desconocimiento sobre lo que se lo interroga o respuestas equivocadas. El tránsito es caótico y una mezcla de autos, camiones, motos, bicicletas y peatones casi sin leyes hace que los atascamientos sean frecuentes; salvo unas pocas arterias principales, el resto de las calles están en malísimo estado. Cuando estábamos cerca, se paró el auto, nos bajamos a empujarlo pero parecía que había echado raíces en el suelo, entre tres no podíamos moverlo ni un centímetro, no entendíamos lo que pasaba. Tardamos unos 15 minutos en hacerlo arrancar. Me llamó mucho la atención que cuando se descompuso el auto había a muy pocos metros más de diez personas que contemplaban nuestro esfuerzo y la inutilidad del mismo y tan sólo una de ellas se arrimó a ayudarnos. Cuando un hecho de éstos ocurre en algún otro país, las personas se arriman e inmediatamente se soluciona el problema. Acá solo se limitaban a contemplar la escena y permanecían impasibles aún cuando Maxon y Felow les habían pedido auxilio. Esto me impresionó como una brutal ausencia de solidaridad. Más tarde me explicaron que esta actitud se debía a ciertas expresiones de conflictos o diferencias sociales más complejas que sería un poco largo de explicar y quizás deba o pueda hacerlo en otro contexto narrativo.

Luego de hacer arrancar el auto y dado el mal estado del camino decidimos continuar a pie. Maxon se quedó en el auto en marcha por temor a que no arrancara nuevamente, así que había prisa en encontrar el lugar y cumplir con el cometido.

Encontramos el orfantato y entramos. Felow, como muchos haitianos, habla creole, francés, inglés y español, así que oficiaba de intérprete. Había una mujer local y luego llegó la directora, Bárbara Walker, una mujer de unos 60 años, rubia, usa vestidos amplios aunque con poco espacio libre, creo que es norteamericana. Ya sabía que nuestro objetivo era tomar fotos de Maki, que resultó ser un gordito divino, simpático, portador del clásico y tremendo par de ojazos tiernos propio de estos niños. Estimo que debe tener entre seis y ocho meses. Lo fotografiamos, lo pasamos de brazo en brazo, lo comimos a besos, luego tomamos fotos de otros niños que iban a ser adoptados por padres argentinos, entre ellos conocimos a Margarita, Lorenzo y Berta.

Bárbara nos hizo pasar a su oficina, nos mostró algunas carpetas en las que estaban los expedientes de muchos adoptantes. La visita fue placentera, bella, el orfanato está muy lindo, para lo que se puede considerar lindo en Haití, se nota que los niños están muy bien atendidos. Había gente blanca, probablemente norteamericanos, haciendo trabajos de construcción. No pudimos disfrutar mucho porque teníamos prisa debido a las condiciones del vehículo, así que habremos estado unos quince minutos y tuvimos que retornar. El viaje de vuelta fue lindo, demoramos unos veinte o treinta minutos, paramos a echarle aceite al auto y Maxon casi se quema al sacar la tapa del motor. Durante una charla muy amena ellos quedaron muy sorprendidos cuando les comentamos que en Argentina la escuela primaria, secundaria y superior es gratuita. Maxon nos preguntó entusiasmado si él podía ir a estudiar a nuestro país, si podría conseguir trabajo y muchas cosas más. Le respondimos que podía ir, que reciben a estudiantes extranjeros en las mismas condiciones que los nativos, que con tantos amigos argentinos que había hecho en estos años de alguna forma le conseguiríamos trabajo. Le dije por ejemplo, que además de Gonzalo, yo y algunos más, en los padres de Maki ya tenía unos potenciales amigos desconocidos, que seguramente podrían hacer algo para devolverle la gentileza y las ganas que puso en todo esto, así que quedó plantada seguramente una semillita en su cabezota.

Ya de regreso en el hospital nos bajamos los cuatro del vehículo, el destartalado Ford modelo 82 mostraba huellas de su fatiga, solamente le faltaba, como los de los dibujitos animados, ponernos una cara tristona, aunque mirándolo bien, la tenía. Merecía que su imagen quedara documentada así que posamos todos junto a él, como corolario de esta historia, que por la forma en que se desarrolló presenta todos los atributos de una aventura, de trama casi hollywoodense, y como tal, con final feliz.


Julio de 2010

1,2,3: celeste, blanca y celeste

1-¿Dónde está la bandera idolatrada?: En primer lugar quiero hace hincapié en que estas palabras no son escritas a modo de crítica sino que constituyen la descripción de un hecho que me resultó sorprendente y que pueden mover a la reflexión, a la discusión y, en ocasiones, al sinceramiento.

El 20 de Junio próximo pasado se celebró el Día de la Bandera para el pueblo argentino. Como ya se sabe en este preciso año 2010 esta fecha acaeció en un día Domingo. Mi permanencia dentro de un contexto militar me mantenía expectante en cuanto a de qué manera se conmemoraría el aniversario del fallecimiento de Manuel Belgrano. El festejo era cronológicamente coincidente con el día del padre y las felicitaciones para éstos corrían por doquier. El día fue transcurriendo y la bandera ondeó solitaria, casi inadvertida y formalmente ignorada. Los lunes a primera hora, como habitualmente sucede, hay formación. Esta consiste en el agrupamiento del personal de salud y logístico ante sus correspondientes jefes, que a su vez se presentan ante el jefe de la misión, el cual procede a informar situaciones que deben ser de dominio público, advertir sobre errores o incumplimientos y comunicar eventos actuales o futuros. El informe terminó sin que se efectuara ningún tipo de alusión a la efeméride.

No alcanzo a comprender las razones del suceso; un olvido involuntario? Deliberado? Un cambio de costumbres protocolares? Sin embargo tengo la impresión de que la bandera es y sigue siendo un símbolo por excelencia en el ámbito militar.

En el sector popular la actitud hacia los símbolos patrios hace tiempo que viene en decadencia, no sé si eso es bueno o malo, al fin y al cabo son tan sólo objetos que sirven para materializar o para demostrar materialmente un sentimiento como lo es el sentir patriótico, pero el verdadero sentimiento no necesariamente debe ser exteriorizado por esos símbolos, en ocasiones éstos constituyen tan sólo un disfraz, el verdadero patriotismo se traduce en hechos.

2-Símbolo comunicador: El martes 15 de junio por la tarde salimos a caminar por Puerto Príncipe con dos médicos amigos. Al regreso de la misma pasamos por un supermercado a comprar algunas vituallas. Luego de haber hecho la compra, pasado por la caja y mientras esperaba a los amigos, se me acercó una persona y me preguntó: “¿Cuándo juegan el próximo partido?” Le contesté inmediatamente: “El próximo jueves”, y continuamos un diálogo ameno con él y otras personas que le acompañaban que resultaron ser médicos, estudiantes de medicina, enfermeros y farmacéuticos pertenecientes a una Organización No Gubernamental (ONG) de Puerto Rico llamada Iniciativa de Paz y que hace varios meses que están prestando atención en salud en Haití. Mis amigos se incorporaron luego a la charla, más tarde nos acercaron al hospital en su vehículo y el jueves a la noche fuimos invitados a cenar en la casa que ocupan. Todo ello derivó en una relación humana rica y fecunda. El elemento disparador de toda ella fue la bandera argentina que a la altura de mi corazón estuviera cosida en la chomba que portaba y que nos fuera entregada como parte del equipo.

3-Con la camiseta puesta: En los días de Junio de 2010 el celeste y blanco de nuestra bandera y la bandera misma es agitada con intensidad y los cuerpos de millones de argentinos residentes en Argentina y en diferentes partes del planeta están cubiertos por camisetas, dinámica ésta exacerbada por la actuación del equipo argentino de fútbol en la primera fase del campeonato. ¿Es necesario o imprescindible que el fútbol sea un factor mediador para que este símbolo adquiera la notoriedad que naturalmente debería tener? ¿El sentido de pertenencia a nuestro país es real o se trata tan sólo de identificar el país de origen para la lid deportiva? Bueno, al fin de cuentas y sea como sea, el sólo hecho de que flamee nuestra bandera en otras latitudes genera un hermoso sentimiento de nostalgia y el tener en la mano algo celeste y blanco de alguna manera y aún en una pequeña medida contribuye a acentuar el ser argentino.

Julio de 2010

Merci Messi

El destino, en ocasiones, tiene gentilezas con uno. El jueves quince de julio acaeció una de ellas. En la pizarra del comedor se anunciaba que el almuerzo iba a ser una hora antes de lo habitual y que luego había una reunión. Por razones particulares este cronograma resultó alterado: a eso de las 12:30 ingresó al hospital un muchacho menudo de estatura y de volumen corporal, pelo algo rojizo, casualmente desprolijo, barba de unos pocos días, sonrisa afable, bermudas, zapatillas, una remera azul con el logo y las siglas de UNICEF. Lo acompañaban otras personas con la misma remera y dos o tres más, bien vestidas y bastante corpulentas, denominadas guardaespaldas.

Era literal y realmente perseguido por la mayoría de las personas presentes en el hospital, hecho éste que era a duras penas contenido por los jefes y responsables de la seguridad de esta unidad militar.

La situación era realmente particular, el sujeto en cuestión no había concurrido como paciente sino como visita y se trataba nada más y nada menos que de la máxima estrella mundial del fútbol profesional, Lionel “La Pulga” Messi.

Inclusive yo, que no tengo una afición particular por este deporte, resulté contagiado por el fervor popular y me transformé en un cholulo más tratando de acercarme, saludarlo, solicitar un autógrafo, y una fotografía cerca de él. Todos estos objetivos fueron cumplidos: hoy, en mi ropero, presto a ser colocado en la valija con destino a Argentina, tengo uno de mis ambos con una firma de este buen muchacho y una veintena de fotografías de diferentes ángulos y momentos, que seguramente harán las delicias y la consiguiente sana envidia de muchos de mis amigos cuando recreemos vivencias de esta experiencia.

Lionel se marchó luego de casi una hora de permanencia en nuestro hogar temporario y en horas de la tarde comencé a recibir comunicados de mis familiares y amigos que me decían que en los canales de Argentina estaba circulando la noticia con una foto en la cual yo estaba casual, o no tan casualmente, muy cercano a la imagen central que ocupaba Messi.

Realmente disfruté tanto el momento que si pretenden adjudicarme el mote de ese personaje actoral del teatro cómico, Figuretti, NO – ME – IM – POR – TA, OK?



Julio de 2010

Acerca de hándicaps, caddies, cortes y quebradas...

Una forma de amenizar el tiempo libre, una vez culminadas las tareas a las que estamos afectados en nuestro hospital, consiste en la realización de actividad física que puede ser a través de la utilización del gimnasio, caminatas, running o diversas actividades deportivas. Entre estas últimas tenemos fútbol en la cancha del grupo aéreo, básquetbol en la playa de estacionamiento o ¡golf! en los links del hospital, construidos y acondicionados a tal efecto por un cultor extremo de esta disciplina, el Dr. Carlos Utrera. Según narra la leyenda -más precisamente por sus propias palabras- ha aprendido a desempeñarse comenzando a indagar la teoría, dio sus primeros pasos tomando un diccionario y averiguando la definición de la palabra habilidad. Una vez entendido este concepto continuó con la búsqueda semántica, hecho éste que le permitió nutrirse de una vasta gama de conocimientos que llevados a la práctica hicieron de él un maestro de este noble deporte. Ostenta la generosa marca de “3 bajo el par” y las malas lenguas dicen que hizo “un hoyo en una” el pasado 30 de febrero. Como es un maestro de la locuacidad aplica esta condición personal en el juego, de tal forma que le habla a las pelotitas hasta sumirlas en un estado hipnótico, tal como lo hace con sus pacientes en su profesión de anestesista; una vez que las hace llegar a este trance las pequeñas esferas quedan sometidas a su total voluntad haciendo las delicias de este jugador, y se dirigen mansa y resignadamente al hoyo elegido por su amo. Algunos ya están siguiendo sus pasos: el Dr. Gonzalo Teijeiro ha comenzado una práctica intensiva, el Dr. Carlos Brandan está dando sus primeros pasos en esta disciplina y este servidor, a partir de la próxima semana, comenzará como caddie del Dr. Utrera a los fines de embeberse de eagles, boogies y demás términos, amén de los movimientos adecuados, con el objeto de poder participar del Abierto del Hospital Militar Reubicable programado para la segunda semana de Julio.

Bromas aparte, Carlos es bastante más que un aficionado y aún sin llegar a ser un profesional, según dicen los que saben, ostentar “20 de hándicap” en este deporte es algo que no pocos envidian.

Otra disciplina recreativa que se practica con dispar regularidad es la danza que nos identifica a los argentinos en el mundo: el tango. Su enseñanza es impartida por el maestro del "dos por cuatro", Reinaldo Videla, un suboficial del ejército que emplea su capacitación como enfermero como pantalla para contagiar a todo quien se le acerque e inducirlo a armonizar los movimientos del cuerpo necesarios para este sensual baile.

A los fines prácticos, imparte las nociones básicas en primer lugar a los hombres, porque en el tango es éste quien debe hacer de conductor. La mujer se luce especialmente, pues la gracilidad y belleza de sus movimientos constituyen un especial atractivo, pero es el hombre quien, como una especie de titiritero, debe, mediante sutiles y precisas presiones de ambas manos, generar en la fémina la armónica y dinámica sucesión de movimientos.

Si bien no alcancé a hacer boogies, eagles, ni a ser un maestro tanguero, muy difícilmente hubiera podido imaginarme que Haití me permitiría aprender a sostener en mis manos un palo de golf, impulsar una pelotita y a desplazarme por una pista con rudimentarios y elementales pasos de tango.





Julio de 2010

Canaán... creciente fértil... (¡?)

El primer día de trabajo con los hermanos portorriqueños fue un viernes, día de recambio de grupo y de organización. Mi tarea consistió en colaborar con el acomodo de los medicamentos e insumos médicos que iban a ser llevados al día siguiente en el trabajo de campo y el almacenamiento de lo que traían de Puerto Rico los miembros que se integraban al equipo. El depósito de medicamentos tiene unos 50 metros cuadrados y el transporte al sitio de trabajo se hace en una treintena de valijas y bolsos rotulados con su contenido.

A las 5:30 del día siguiente empieza la labor diaria previo aseo personal y desayuno. Se cargan en una de las trafics todos los medicamentos y demás elementos que se despliegan en el sitio de acción.

El grupo humano es transportado en otra trafic y una camioneta y ese día estaba integrado por las personas descriptas en el artículo anterior - Iniciativa de Paz -, más un médico haitiano, cinco traductores y otro de los nuestros, el Dr. Carlitos Utrera, a quien recogemos en el hospital.

El sitio elegido es Cabaret, una ciudad que está a unos 30 km de Puerto Príncipe. Yo pensaba que nos instalaríamos en alguna plaza o lugar libre del centro de la ciudad, pero nos acomodamos en una loma en la que la vivienda más cercana se hallaba a unos quinientos metros. Los tres vehículos se colocan en forma de “U”, se arma el cobertizo que servirá de atención médica, se sujeta una tela de plástico para proteger los medicamentos del sol, se arma una carpa que sirve para consultas más íntimas –ginecológicas, por ejemplo - y se colocan cinco pequeñas mesas que servirán de apoyo para el material de los médicos, en cada una de ellas se coloca un pequeño set de medicamentos y tres sillas, una para el médico, otra para el traductor y una tercera para el paciente.

Los pacientes hacen cola a unos diez metros del lugar y uno de los integrantes del equipo o algún líder comunitario del lugar, va regulando el acceso de los mismos a la mesa de cada médico a medida que lo van solicitando. Los pacientes vienen de la citada ciudad, muy pobre por cierto, con una simpleza, silencio y estoicismo ante la adversidad admirables.

Junto con cuatro de los jóvenes atendemos los requerimientos de medicamentos de parte de los médicos. En ocasiones y ante la necesidad, se practican intervenciones quirúrgicas menores como eliminar abscesos o desbridar heridas, por ejemplo, y cuando es necesario también se colocan sueros.

La temperatura, como es habitual en estos días, ronda los treinta y seis grados, pero un buen viento contribuye a mitigarla, aunque se transpira mucho y hay que hidratarse continuamente. Cerca del mediodía comienza el almuerzo en forma rotativa para no interrumpir la atención. Éste consiste en alimentos enlatados, pastas, salchichas, picadillo, atún, etc.

La jornada de salud finalizó a las 14 hs y el registro indicó que se atendieron algo más de cien pacientes, un día “flojo” de trabajo. Luego procedimos a la limpieza del lugar, desarmamos el “circo”, guardamos todo en el vehículo de carga y retornamos a la casa donde bajamos todas las valijas, las rellenamos con medicamentos e hicimos los aprestos para el día siguiente. Charlas, bromas y música conforman un entorno muy agradable; un par de los miembros del equipo se van a preparar la cena. Antes de la misma alguno hace una invocación religiosa, acto que también se efectúa antes de salir a trabajar, es un grupo sumamente creyente. Ese sábado por la noche regresé al hospital porque necesitaba un poco de descanso.

El lunes a la mañana me pasan a buscar aproximadamente a las 7 hs. El día anterior, domingo, habían ido a un lugar cercano a la frontera con República Dominicana el cual, según la descripción, era prácticamente un desierto. Ahora nos dirigimos a un lugar ubicado veinte kilómetros al norte de Puerto Príncipe llamado, casi como una ironía, Canaán. Históricamente, Canaán era la zona que hoy comprende los territorios de Israel, Franja de Gaza, Cisjordania y parte de Jordania, Siria y Líbano y era conocida como creciente fértil. El término “Canaán” deriva de “cananeo” que en hebreo significa mercader.

La ironía a que hago referencia es por el término “creciente fértil”, el lugar es un páramo cuya única alteración a una naturaleza casi estéril, lo constituye la presencia humana. Estos hallan cierto cobijo en habitáculos -uso esta denominación porque no se me ocurre otra- consistentes en palos entre los que se hallan tendidos unos pedazos de plásticos de color azulado y blanco. En algunos espacios entre ellos han sembrado algunas plantas de maíz tan raquíticas y faltas de fructificación que parecen una broma macabra del reino vegetal. En cuanto al significado de mercader luego de esta descripción quizás puedan imaginarse que las posibilidades de “mercadear” algo en este medio son muy escasas.

Una vez en el lugar repetimos las operatorias, armamos el cobertizo, usamos otro propio del lugar para la farmacia y tendemos la carpa de consultas íntimas. Para esta ocasión se había sumado una doctora haitiana, así que el plantel médico se había aumentado a siete, más Chaco (el Director de la ONG Iniciativa Comunitaria, Dr. José Vargas Vidot) que hacía el papel de comodín pues era consultado periódicamente por alguno de ellos.

Se hicieron presentes dos medios de comunicación de Puerto Rico, un periódico y un canal de televisión.

Como de costumbre, la gente respetaba un orden estricto, sin alteraciones, sufriendo (o quizás no, por su habituación) el embate del sol, llegando a estar más de una hora en la cola. Fueron atendidos más de cuatrocientos pacientes y a todos ellos se les proporcionaron los medicamentos necesarios.

Las condiciones descriptas de las viviendas, cuyo número estimado es entre tres y cinco mil, las características del clima, más el déficit en la alimentación y en el acceso al agua potable, producen un alto impacto en la salud.

En algún momento de la jornada me acerqué a la carpa de atención íntima o reservada como la he llamado. Había una mujer con un bebé de pocos meses en sus brazos al cual se lo había canalizado para administrarle un suero pues tenía una deshidratación severa. En mi vida profesional me ha tocado estar en presencia de enfermos y muchas veces ellos eran niños, pero nunca me ha tocado que a la vez presentaran el atributo de “miserables”. La imagen de esta madre con su niño generó tal quiebre en mi estado anímico que tuve que dar media vuelta inmediatamente para no llorar frente a estos pobres seres.

Seis horas de trabajo en ese medio y en esas condiciones dejan exhausto a cualquiera. El retorno a media tarde no implicaba necesariamente el descanso porque, como ya dije, hay que reaprovisionar el equipo para el día siguiente. Al atardecer esta buena gente me regresa a mi hospital.

Por la noche, con mi cuerpo inmaculado tras la extracción de generosas capas de polvo y sudor pero con mi alma maculada por los golpes de tantas imágenes que insistían en pronunciar su dolor, una lluvia torrencial aumentó mi angustia al pensar en esos adultos, niños y bebés cuya única defensa contra los brutales embates de la naturaleza era un vulnerable pedazo de plástico.
Probablemente, por causa del fenómeno o combinado con alguna enfermedad, algunos de ellos hayan perecido. Si en realidad existe cielo e infierno y por su conducta a cualquiera de estos sujetos les correspondiera ir a este último, es muy probable que su estancia allí le resulte bastante más confortable.

Todos los días al final de la jornada, Chaco realiza una reunión en la cual evalúa fortalezas y debilidades, advierte sobre errores cometidos y alaba los aciertos del funcionar del equipo. El sábado por la noche explicó el programa de trabajo de la semana. El domingo iban a trabajar a la frontera, el lunes a Canaán, el martes al edificio que utilizan como clínica y el miércoles iban a ir a un barrio muy, pero muy pobre, cerca de donde ellos viven que, por sus niños panzones y de piernas y brazos delgadísimos por la desnutrición y por el entorno general de miseria extrema, pareciera tratarse de algún lugar del corazón de África. Esto quiere decir que la narración anterior no significa que lo que tuve oportunidad de presenciar es lo peor que se puede encontrar en este bendito país. A propósito de esta visita Chaco, fiel a su afición poética, expresó: “Las escenas que van a ver en ese lugar deben ser palabras que tienen que quedar escritas en las páginas de vuestro corazones”.

La poesía, en tantísimas ocasiones, hace referencia al amor; con esta frase Chaco hizo lo propio con una de las expresiones más significativas de este sentimiento: el amor al prójimo.


Julio de 2010

Iniciativa de paz

A mediados de junio salí a caminar junto a mis amigos, Gonzalo –el traumatólogo- y Carlos Utrera -el anestesista-. Cuando regresábamos entramos a un supermercado, luego de hacer mi compra y de haber pagado en la caja se me acerca una persona y me pregunta: "¿cuándo juegan el próximo partido?". Yo tenía puesta la chomba blanca con la bandera argentina bordada en el pecho, y que forma parte de la indumentaria que nos proporcionaron, hecho éste que delataba mi origen y se conjugaba con el fervor que despierta el campeonato mundial de fútbol.

Esta persona formaba parte de un grupo con el cual establecimos una charla y las correspondientes presentaciones. El autor de la pregunta era el Dr. Luis Rosado, portorriqueño, Mayor de la Fuerza Aérea de Estados Unidos que muy pronto será ascendido a teniente coronel y el mismísimo presidente Obama le entregará las insignias de su nuevo rango. Con él estaban Alejandra, dos estudiantes de medicina y un comunicador social. Resultaron ser integrantes de una ONG de Puerto Rico denominada Iniciativa Comunitaria y estaban trabajando en una de sus ramas, Iniciativa de Paz – Misión Haití, que consiste en proporcionar atención en salud a la población carenciada de dicho país mediante un sistema que podríamos denominar “clínica móvil”.

Congeniamos inmediatamente, dialogamos un buen rato y luego nos acercaron al hospital. Un par de días después fuimos recibidos como huéspedes de honor en su residencia y nos deleitaron con sus comidas típicas.

Tenían necesidad de agua potable y desde ese momento el hospital les proveyó de ese vital elemento. Compartieron con nosotros la ceremonia central de entrega de medallas a los integrantes de Haití XII, lo cual fue algo sumamente emotivo y gratificante.

Esta relación derivó posteriormente en que, durante el período de nuestra última licencia, junto con el Dr. Carlos Utrera, nos acopláramos a este grupo de trabajo que realiza una tarea titánica y con ribetes de heroísmo que trataré de describir a continuación.

El edificio en el que se alojan es muy modesto y con escasas condiciones de habitabilidad para el estilo de vida al que estamos acostumbrados -de ahí también el término de heroísmo- pues no tiene aire acondicionado, ni ventiladores, ni heladera, se duerme en catres con colchones que lejos están de ser un sommier y cubiertos con tules para protegerse de los mosquitos.

Los grupos de trabajo se renuevan con una frecuencia semanal aunque algunos de los integrantes se quedan una quincena o más días. Entre todos se encargan de la limpieza y el orden y se alternan para hacer la comida de la noche, pues el almuerzo se realiza en el campo de acción. El trabajo es absolutamente voluntario, no remunerado e inclusive cada integrante se costea su propio pasaje de avión.

Los martes y jueves atienden en un edificio que la fundación adquirió para ser transformado, en un futuro cercano, en una clínica infantil; los sábados, domingos, lunes y miércoles salen con sus dos trafics y su camioneta y se instalan en distintos lugares de la ciudad o del país. El viernes lo dedican a recibir e instruir al contingente que se renueva y a reacondicionar los equipamientos sanitarios y logísticos.

Disponen de un surtido bastante importante de medicamentos donados principalmente por los laboratorios americanos asentados en Puerto Rico.

El viernes que llegué, además de Alejandra, a quien conocía, estaban Arnaldo, Héctor y Paco, estudiantes avanzados de medicina; Mitchell, un militar retirado, y Ginetta, una haitiana que estudia enfermería. Previamente habíamos pasado por el aeropuerto para buscar a Jimena y Coral, también futuros médicos, y a Bernard, que estudia economía y también es un colaborador activo.

La ONG es presidida por un médico llamado José Vargas Vidot que gusta de ser nombrado por su apodo: “Chaco”. Él había llegado tres días antes y durante el tiempo que compartimos, largas charlas mediante, tuve la inmensa fortuna de tener cerca de mí a una de las personas más brillantes que jamás haya conocido. Es portador de una protuberancia en el abdomen que cualquiera puede confundir con barriga cuando en realidad está producida por el tamaño de su corazón. Los malos, si pretenden seguir siéndolo, en su presencia deben taponarse los oídos, pues sus palabras son tan cautivantes como el canto de las sirenas de La Odisea: cualquiera que las escucha, en pocos instantes, se transforma en bueno. Es un líder nato, con una locuacidad envidiable y con el cual hemos coincidido en innumerables cuestiones profesionales y humanas.
Por lo que alcancé a percibir en él, por lo que me han referido y por lo que le he visto hacer, no me cabe duda de que Puerto Rico tiene, en este particular ser humano, un firme candidato para el Premio Nobel de la Paz.

Al término del primer día de trabajo se tomó el tiempo para editar un video que me obsequió y que muestra el accionar de esa jornada, es un regalo con un valor inmenso, epilogado con una frase de sutileza muy particular: “A todos los que creen que un mundo mejor es posible”.



Julio de 2010

Un casco azul, azul como el mar azul

Ya he hablado en alguna oportunidad del marino Víctor Salmeri, deteniéndome particularmente en las virtudes que hacen de él un tipo fantástico.

No voy a explayarme nuevamente en ellas porque sería redundante, aunque sí quiero comentarles que Víctor se ha llevado desde Haití hacia Argentina al menos tres galardones materiales aparte del insustancial pero honrosísimo hecho de ser uno de los llamados héroes del terremoto.

Estos galardornes son los siguientes:
  • La medalla por haber cumplido una misión en el exterior como Casco Azul.
  • Una nota de felicitación por su actuación en el accidente de una aeronave uruguaya.
  • Una nota de agradecimiento por su actuación en el terremoto y muy especialmente por su labor en la farmacia del Hospital Militar Reubicable. Esta nota fue enviada por el Dr. Eduardo Savio, presidente de la Federación Farmacéutica Sudamericana, y aprovecho la oportunidad para enviarle a este amigo un público agradecimiento por la actitud.

Bueno, Víctor, compañero de dos meses, bien merecido lo tienes a todo esto, y disculpa al bocachón de tu amigo Jorge que se empeña en gritar a los cuatro vientos el tipazo que sos. Perdona también que no puse tu grado militar pues sinceramente no lo sé, continúo sin aprender eso, y además sigo prefiriendo la utilización de la graduación humana “amigo Víctor”.

Julio de 2010

¿Dónde hay un mango, viejo Gómez?

Tal es el título y un par de versos de una ranchera, pieza musical típica del cancionero popular argentino. En ella se hace referencia al “mango” como sinónimo de dinero. Acá la idea es referirme a un homónimo –dícese de aquellas palabras que se escriben igual pero que tienen distintos significados- que alude a un árbol y su fruto.

La pampa tiene el ombú, la Recoleta su gomero, Doña Paula Albarracín tuvo su higuera, Newton su manzano y El Principito su baobab. Estos son algunos ejemplos de árboles que trascienden en el tiempo o que participan activamente con el entorno humano cercano y que, por diversos motivos, han adquirido cierto prestigio. En el predio del Hospital Militar Reubicable sito en Haití hay un árbol que disfruta de esta condición particular: EL MANGO. Normalmente no acostumbro a usar la letra mayúscula de esta manera inapropiada, pero ocurre que quise diferenciar a este ejemplar en particular porque su utilización como punto de referencia ha convertido su nombre genérico en nombre propio; cuando se intenta dar la ubicación de una persona se dice “lo vi recién cerca del mango” y uno no tiene ninguna duda acerca de qué mango están hablando, a pesar de que en este lugar existen otros de esta misma especie pero que permanecen virtualmente ignorados.

Magnifera indica, tal su nombre botánico, es un árbol que crece en zonas cálidas y tiene un fruto cuya pulpa es carnosa, dulce, fibrosa, con un profundo aroma y de muy buen sabor. Son originarios del norte de Birmania y noreste de la India, siendo éste último el mayor productor del mundo. Fue traído al continente americano por los portugueses en el siglo XVIII y constituyen un hecho anecdótico -más bien un anacronismo- aquellas escenas de las películas La Misión y Apocalipto en las que se observan estos árboles y sus frutos cuando todavía no existían en estas tierras. En Argentina crece y su fruto es consumido en las provincias del noreste y es poco habitual verlo en las verdulerías del resto del país.

EL MANGO del hospital en realidad no es uno solo sino que son cuatro que funden sus copas en una sola aparente, con una generosa dimensión de unos 30 por 16 metros de superficie cubierta y una altura de unos 12 metros. Más de un millar de argentinos, integrantes de las 12 misiones en Haití, han transitado y han sido acogidos por su sombra. Su memoria conserva latente una multitud de sentimientos y sensaciones tan disímiles como contradictorios, alegrías, tristezas, nostalgias, esperanzas, intrigas, proyectos, amores, odios, pasiones, dudas, certezas, problemas, soluciones, descansos, fatigas, apetitos, saciedades, risas, sonrisas, fiestas, rencores, peleas, riñas, escarceos, conciliaciones y tantas más.

Da frutos durante todo el año pero de manera más abundante en el mes de Mayo. Y lo hace de esa manera tan natural del reino vegetal ayudado por la fuerza de la gravedad: los deja caer. Por ello durante todo el año en general y en esa época en particular, cuando las personas abajo presentes escuchan un ruido de hojas que indica que uno de estos frutos las están atravesando en su camino al suelo, automáticamente levantan sus brazos para protegerse de un probable impacto de uno de éstos en las correspondientes cabezas.


Muchos recuerdos seguramente pasarán o han pasado al olvido de los argentinos que han estado en Haití pero seguramente este noble portento debe quedar ocupando un lugar especial e indeleble en su memoria.

Pd: Aún considerando que la poesía no es precisamente mi debilidad literaria, no pude resistirme a incluir como postdata este poema dada su belleza y pertinencia y que me fuera enviado por Silvana, mi correctora de redacción.

Soneto

Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.

(Francisco Luis Bernárdez)

Julio de 2010

El Cártel de Santo Domingo

Santo Domingo es la ciudad capital de la República Dominicana, país éste que ocupa algo más de la mitad de la isla La Española y que linda con Haití, que ocupa el espacio restante. Es una pintoresca ciudad, bulliciosa, colorida, de tránsito desprolijo, con fuerte presencia de edificios históricos de la época de la colonización española. Se rumorea que por estas tierras el comercio de la droga se efectúa con una ligereza superior a lo habitual. Sus habitantes son alegres y felices, y evidencian una falta de expeditividad por momentos un tanto exasperante, una especie de letargo bastante característica de habitantes de zonas cálidas y tienen dos particularidades lingüísticas: pronuncian la “r” como “l” -veldad?- y en muchas oportunidades esgrimen un modismo al comenzar a hablarle a uno: "ya tú sabes".

Durante mi período de licencia en la misión, con mi esposa, Edith, elegimos como un destino turístico a esta bella ciudad. Previo a nuestra llegada nos habíamos puesto en contacto vía correo electrónico con Adolfo Vogt, un argentino residente en dominicana, y con Alicia Sixto, una simpatiquísima y vivaz uruguaya, enfermera, que tiene 3 preciosos hijos con Pablo Viera, también uruguayo. Al día siguiente de nuestra llegada, Adolfo, espectacularmente solícito y afable, nos pasó a buscar y compartimos un almuerzo dominguero junto a otros argentinos, Juan Montilla, Roque Peralta (colega bioquímico devenido en director de una escuela de fútbol infantil), Enrique Landucci y Alejandro Sánchez. Todos ellos lideran lo que he dado en nominar como el Cártel de Santo Domingo, en analogía con aquellas organizaciones ilícitas destinadas al tráfico de drogas. Al igual que muchos de los habitantes de Santo Domingo que circulan por ella en posesión de armas de fuego, van armados de un arma fantástica cuyo nombre es amor al prójimo y la droga que trafican es la solidaridad.

Además del mencionado almuerzo también compartimos una cena el lunes y la fiesta del 25 de Mayo realizada el martes por la embajada Argentina en República Dominicana. Este relato resultaría poco trascendente o importante sino agregamos que este lindo grupo contó con la compañía de unas personas que ya van siendo figuras repetidas en este blog: Rolande Celestin, su hija Sandra Edoard y Osvaldo Fernández (El gendarme), todos ellos responsables del orfanato Rose Mine de Diegue. Compartimos unos momentos estupendos y Edith estaba especialmente fascinada porque jamás habría podido imaginarse la posibilidad de conocer a Rolande y a Osvaldo.

También tendría poco sentido este texto si tan sólo hubiera sido hecho para nombrar a los participantes de este encuentro, porque significaría una cuestión de interés sólo para los mismos. Pero hete aquí que a este grupo argento-uruguayo, a Edith y a mí nos une un interés común y es el poder hacer algo para ayudar a este orfanato.

Esta manga de bandidos dominicanos que he nombrado, junto a otros que no conozco pero que manejan las mismas armas y trafican la misma droga, han plasmado su conducta en la constitución de una ONG llamada Ayuda Sin Fronteras, cuyo propósito principal es ayudar a este tipo de instituciones humanitarias como el orfanato, y fue constituida pensando principalmente en el Rolande y Osvaldo. La dirección web del sitio de la fundación, que está en construcción, es http://www.ayudasinfronteras.net/ y su contacto de correo electrónico info@ayudasinfronteras.net.

Los lectores tienen, de este modo, una nueva vía para concretar sus intenciones de buena voluntad.

Junio de 2010

Los Tap Tap

Puerto Príncipe es la ciudad capital de Haití. Debe tener entre uno y dos millones de habitantes, no he podido tener una certeza ya que la información obtenida es dispar. También es cierto que los datos que hay de población de este país son escasos, ha habido intentos de realizar censos en los años anteriores pero, dado el primitivismo de la función pública y la gran cantidad de habitantes indocumentados, nunca se llegó a tomar alguna medida consistente y el terremoto dio por tierra mucho de lo que se había avanzado hasta el momento.

De todas maneras se trata de una urbe bastante importante por su cuantía poblacional. Es atravesada por unas cinco calles que van de este a oeste aproximadamente y por otro tanto que lo hacen de manera similar pero de norte a sur. Es fácil pensar que se trata de espacios de desplazamiento unidireccional y con la amplitud que se espera en cualquier urbanización adecuada. En realidad estas arterias troncales son unas calles muy angostas, bidireccionales y en muy pocas partes con divisorios centrales. Es por ello que el tránsito se condensa en estas arterias y resulta, por momentos, caótico. Del resto de las calles o callejuelas pocas tienen asfalto y son usadas para ir a lugares específicos, no para cruzar la ciudad, pues la mayoría de ellas son callejones sin salida. El plano de Puerto Príncipe parece delineado por un urbanista total y absolutamente borracho, es una maraña. Se asemeja mucho a la forma que toman las ajaduras que el paso del tiempo imprime sobre un cerámico.

El transporte público de pasajeros se realiza principalmente en vehículos que reciben el nombre popular de Tap Tap. La flota de este transporte está constituida por minibuses más pequeños que una Trafic y por camionetas carrozadas de marca Toyota o Nissan. Están pintados de colores muy vivos y con dibujos de diseño artístico a la manera de los colectivos de la Buenos Aires de antaño. La mayoría presenta en el frente y en los laterales consignas de contenido religioso como ser “Confiance en dieu”, “Merci L´Eterne”, “Merci Jesús”, “Merci Seigneur”, etc.

La moneda típica de Haití es el gourd también nombrado a veces como gourda. En este momento la relación con el dólar es de cuarenta a uno, o sea cada dólar equivale a aproximadamente cuarenta gourds. Es fácil hacer la comparación con Argentina pues allí la relación, también en el momento que escribo este texto -Mayo de 2010- , es de cuatro a uno entonces la conversión de gourds a pesos argentinos consiste en correrle una coma a la izquierda, así 80 gourds serían 8 pesos y 427 gourds, 42,7 pesos. También está el dólar haitiano pero es una moneda cuya presencia física creo que es inexistente, aunque en algunos negocios y restaurantes la lista de precios está en esta moneda, y el cambio es de siete dólares haitianos por cada dólar americano, moneda esta última con la que nos manejamos habitualmente.

Un viaje en un Tap Tap cuesta 10 o 15 gourds o gourdas, o sea 25 y 37 centavos de dólar, nada barato para los magros sueldos haitianos (un trabajador gana cuatro dólares diarios) pero a algunos de los haitianos consultados no le parece caro. La diferencia entre 10 y 15 gourds está dada por la distancia o por la hora del día.

Los vehículos están en su mayoría en malas condiciones, hecho que se agrava por la mala calidad de las calles por la cantidad de baches que presentan. La cantidad de gente que transportan es casi increíble, cuando llegan a un final de línea empieza a bajar gente de manera tal que se asemeja a los pañuelos que un mago saca de su galera, una cantidad muy superior a lo imaginable.

Por último es interesante comentar el origen de su nombre: Tap Tap. Es la onomatopeya del sonido producto de golpear las manos en alguna de las partes metálicas del carrozado a los fines de indicarle al conductor el deseo de apearse.

Junio 2010